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Opúsculo del borracho sabio 

 

 

   somosomos hijos de la nada, creadores de la pretensión, amantes de la arrogancia, serviles vasallos de la más afanosa envidia. En el ocaso de nuestros días nacerá nuestro deseo incontestable, positivo, casi noble… tras haber sido incubado despaciosamente en nuestros sueños ancestrales. Y se nos dirá que fuimos todo y ahora ya no somos nada.

      Nada es el hombre, ¡polvo si acaso! Pero nuestra pretensión va más allá y surca el cosmos y escudriña el arcano de nuestra alma sempiterna con una proeza digna de encomio; y vemos que estamos hechos de materia cósmica y del fuego de las estrellas; siendo así no puede perecer un ser humano sin que se resienta una flor y se atenúe el pálido brillo de una estrella.   

   Hay un Limbo en alguna parte, oculto, distante, esperando a unos, y un Orco que servirá de morada a quienes no tuvieron pundonor. Cada cual tendrá lo suyo, conforme a la pretensión que su conciencia anheló. Pero hay un lugar irisado, lleno de luz y de fantasía, de sueños y de logros, donde está la armonía y nuestro ego primitivo, aquel que huyó de nosotros en los albores de la decadencia de nuestras almas, cuando comenzamos a deshumanizarnos y adoptamos los más variados ardides para llenarnos de pompa y suntuosidad banales y relegar de nuestra conciencia las nobilísimas cualidades del hombre circunspecto. Tal vez hallemos ese lugar y nos quedemos en él para poder reflexionar y comenzar a ver con los ojos del alma. Quizá apartemos la venda que nos ciega y comencemos a ver las cosas con el color que verdaderamente tienen y no con el reflejo que nosotros queramos otorgarles.   

   Llegará, acaso, ese día señalado en la cronología del tiempo en que el ser humano sea noble, desnudo de su soberbia y libre de sus propias insidias y vuele alto, por su cielo nítido de blancura perspicua, volviendo a ser estrellas o perteneciendo a ellas, y lucir con luz propia en el universo inconmensurable de la conciencia.

 

 

 

 

J. Francisco Mielgo

10/02/2009

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