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Los hijos del destino 

 

 

   ¿Somos hijos del destino?  

   somosomos como la buena música en la piel cuando se escucha, como cuando un hermoso poema se lee con el alma, igual a cuando una gran visión se nos adentra hasta la sala más recóndita de las emociones del interior de nuestra mente. Como el sol descriptivo en el cielo diamantino de la mañana, así somos; como una luna henchida de misteriosa luz que a todo el mundo embriaga; casi como estrellas lejanas que más bien reflejan en los ojos del alma. Esa sutil tentación, ese lento y parsimonioso pasear por los recuerdos agradables de nuestro pasado; el reflejo majestuoso de la mejor ensoñación; el delirio embelesador del cielo cuando está bajo nuestros pies, surcando los caminos que marcan las estrellas en los mágicos y plateados destinos del atardecer.

      Siempre habrá un camino, un destino al final donde hay que llegar, cansados del viaje, y el alma repleta de tan preciado bagaje. Todos lo hemos vivido. Pero mientras estamos aquí seguiremos soñando, que es lo verdaderamente mágico que sigue manando en nuestro interior, en esa fuente de los deseos que nunca dejará de manar mientras quede alguien capaz de soñar, capaz de seguir volando por el cielo del espíritu como un chispeante cometa que brilla, que su luz enceguece y a todos nos arranca una sonrisa, una esperanza, una esperada continuación.   

   Somos como las flores en la sequedad del desierto de arena, en el destructivo desierto de fuego que todo lo quema y luego desaparece. Pero nuestro perfume, durante eones surcará el viento, colgará como un ramillete de perlas en el lindo cuello del tiempo; y siempre habrá alguien que capte ese aroma, que detecte nuestra esencia, el brillo de algún retazo deshilachado del gran tapiz de la vida, donde, con anterioridad, todos nuestros pasos se han ido bordando.   

   En las nobles intenciones… y en aún mejores resultados; en una cortina de agua que a todos nos va bañando de las impurezas de un interior en el que el mal va fraguando y hay que saber erradicarlo y sólo poder pensar que mañana será un día mejor, que el sol vendrá para dedicarnos su calor y con su luz iluminar un mundo donde se vea todo y nada se ignore: esa luz que no dejará negruras u oscuridades, ni indiferencias, ni maldades. Sólo con esa luz se podrá caminar por los rayos del mismo sol que nos da la vida… y la vida seremos nosotros mismos y nuestros bellos deseos. Dejemos ya de ver los sueños lejanos para poder ir a vivir a ellos, pues todos llevamos el mismo rumbo, el mismo barco que puede zozobrar en este mar cuajado de calamidades.  

  También hay una lejana línea, una invisible dimensión en donde nos encontramos con que no hay dolor ni desigualdades, ni pequeñeces ni adversidades. Allí está lo puro de nosotros, donde han volado nuestras más hermosas ilusiones, donde se apilan como libros en una biblioteca los buenos actos que hemos sido capaces de consumar y todo trabajo que nos ha costado realizar. Tal vez sea mañana cuando se vuelvan a leer y con ello se nos dé la vida de nuevo, nos devuelvan a los renglones vividos, a los bellos sueños que hemos tenido, y podamos recorrer otra vez aquellos viejos caminos que su transcurso se fue poco a poco modelando y por lo que sé se fueron formando por obra del destino.   

   Ahora, cuando escribo, noto que las palabras bailan a mi alrededor como si estuvieran locas y alborotadas; parece que mi escrito fuera el epicentro de todas las cosas que se pueden decir y que, sin embargo, sólo soy capaz de interpretar unas pocas. Pero sí puedo asegurar que somos grandes, no por lo que hayamos podido hacer hasta ahora en el transcurso de los siglos sino por lo que vamos a empezar a hacer que hasta ahora no hemos hecho. Quiero decir que cuando miremos el espejo que refleje nuestra alma nos veamos a nosotros mismos y no a la careta tras la que nos hemos ocultado. Si hay un brillo en nosotros hay que darle libertad, no podemos tenerlo cautivo ni omitir su magnificencia; pues cuando llegue la noche de los tiempos ese brillo ya no lucirá y será imposible que nos marque el trazo que nos ha definido el destino.   

   No tenemos alas, pero podremos volar. Andaremos por las nubes azules y verdosas que los sueños nos han traído, con los pies descalzos de las miserias cotidianas, con una lágrima siempre pendiente que de los bellos ojos se derraman, para volver a hacer caudal y lluvia fina en la mañana, en los cuerpos secos, en las secas almas. Que vuelva a surgir la flor y también la esperanza y todo ello que con nuestras manos lo toquemos, lo acariciemos, lo podamos agarrar… Que bailemos con nuestra mirada en lo que nos rodea, con una dulce música, con ansias de poder abrazar hasta la inmensidad del universo y que así nuestra pequeñez sea sólo un recuerdo, un tropiezo en nuestro pasado. Si somos un gran arco iris expandiremos nuestros colores por el mundo gris, formando una única vía a seguir, un rumbo que parece no ha marcado el destino… sino el deseo que hay escrito en el corazón, como una llamativa luz, una bella palabra que aguarda al final del camino.

 

      Nota: la palabra no la digo. Cada uno que se imagine la que quiera. Somos distintas personas, distintas vidas en un mismo escenario, así que cada uno encuentre la más apropiada, pues tal vez cualquiera de ellas sea la correcta.

 

 

 

 

 

J. Francisco Mielgo

10/06/2006

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