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eo el gran valle de los sentimientos, donde la alegría mana como fresca agua entre las rocas de sus laderas. Veo la emoción tapizando de verde hierba todo ese largo valle encantado, mientras van naciendo las flores, salpicando aquí y allí los lugares de donde brota el aroma de la primavera de los sentidos. Veo, si abro o cierro los ojos, el elegante y altísimo árbol de los deseos anclado en ese valle como un barco lo está en su puerto; preñado de flores, las mismas de tantos deseos repartidos por la faz de la tierra. Veo que sube hasta el cielo azul rasgando allí su color e implantando el de sus flores y viendo que allí está la esperanza, en forma de luz y de agua, en forma de sueños que van surcando el gran cielo y que sólo parecen nubes.
Ahora miro, oigo y respiro esa esencia y creo volverme loco por momentos. Y casi no sé quien soy ni de donde he venido. ¡Ojalá salga el arco iris y nos ilumine a todos! Sólo puedo decir que he estado en ese lugar y he visto la luz, he percibido los sentimientos y he escuchado en mi corazón el sonido del viento y el golpear de la lluvia azul.
Ahora mismo veo moverse las hojas en el valle y también las briznas de hierba. Veo brillar la luz, lucir sus colores y, por las noches, puedo besar las estrellas. Allí lucen los sentimientos puros, todo lo que va llevando la sonora melodía del oculto trino de algún pájaro que nos da la bienvenida; que nos dice cantando: “Has llegado al valle; ya va naciendo en ti la alegría”.
J. Francisco Mielgo
25/08/2010
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