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El niño y el sabio 

 

 

   unn día que Juan salió a deambular por el camino de siempre se topó con alguien que leía en un libro, hacía apuntes luego sobre un cuaderno y observaba el entorno como buscando una explicación a sus preguntas, a los interrogantes que se dibujaban en su rostro. Ese individuo estaba sentado en una roca a orillas del camino y había veces que escabullía la vista hacia el horizonte, como si allí pudiera encontrar la perdida respuesta. Tenía barba, el pelo revuelto y caracoleado, y unas lentes que caían sobre la punta de la nariz le daban un aspecto aún más enigmático. No cabía duda alguna, era un sabio… de esos estrafalarios hombres de gran inteligencia y menguado aspecto.

   Juan se acercó hasta él y allí se paró, le estuvo observando un poco; el sabio, aunque absorto en sus cábalas, ya se había percatado de la presencia del chico, lo que ocurre es que debía de estar haciéndose el interesante y fingía ser muy distraído, como si así fuera en realidad. Y Juan se acercaba más a su lado, ante la distraída  mirada de sus ojos.

   -Ya sé que llevas un rato aquí, chico –habló el despeluzado hombre --¿Creías que no te había visto?

   -No sé, parece usted muy distraído.

   -A veces, los mayores sólo lo aparentamos. Aunque, en mi caso, muchas veces es verdad; estoy más en el limbo que con los pies en el suelo.

   El niño sonrió y se encaró al sabio con la valentía de una pregunta que saciara su curiosidad:

   -Y ¿qué es lo que busca por las nubes que no encuentre aquí, entre los terrestres?

   -Bueno… pues es difícil definirlo, ¿sabes?; pero, a grandes rasgos, te diré que busco lo que muchas personas buscan: una explicación.

   El niño debió mirarle con cara pasmada porque, en seguida, el sabio barbudo se apresuró a definirle el motivo de su búsqueda:

   --Soy profesor de filosofía. Sí, de esos que se pasan el día pensando y llegan a conclusiones donde todavía les hacen pensar  más. Un buen filósofo es como un vaso lleno de agujeros donde se vierte el agua de la sabiduría, pero nunca se llena, siempre hay más que aprender, y siempre se escapa la razón; ya sabes a lo que me refiero, las dos constantes de la existencia humana: la vida y la muerte…

   -Los niños no solemos hacernos muchas preguntas de ese tipo; vivimos en otro plano diferente al de ustedes, los mayores –terció el chiquillo.

   -Sí, claro, tienes razón. Me he dejado llevar por el hilo de mis profundos pensamientos en los que estaba enfrascado. Hacéis bien con no meteros en este fangoso asunto y vivir en ese plano que tú dices superficial, pero mágico que es la niñez.

   -Bueno, yo no diría tanto como eso… También nos hacemos algunas preguntas, tenemos nuestros interrogantes, vemos o percibimos la locura que ocurre en el mundo de hoy; pero, a la vez, también tenemos nuestras soluciones.

   Ahora era el sabio quien se había quedado cejijunto mirando al chico:

   -¿Tenéis soluciones?... ¡Caray! –se sorprendió diciendo -. ¿Y cuales son dichas soluciones?

   -No sé… ¿A usted qué es lo que le preocupa?

   -Bueno, digamos que me gustaría saber qué va a ser de mí cuando muera. ¿Me quedaré en una silenciosa, aterradora y oscura inexistencia o veré, oiré y sentiré de alguna manera?

   -No sé lo que pensarán o habrán pensado los demás, yo tengo mi cielo particular: Cuando me muera me quedaré en un bonito sueño… de esos que estás en la gloria en él y fastidia mucho cuando despiertas, ¿sabe?

   El sabio lo miró nuevamente ceñudo, casi con la boca abierta:

   -¿Y por qué no se me habrá ocurrido a mí eso? Es una gran idea, si pudiera llevarse a cabo…

   -Bueno, es mi deseo, puede suceder o no como cualquier otra cosa que se piense. Yo creo que si se desea con todas las fuerzas, con la mismísima fuerza de la inmortalidad de los sueños de las personas, podrá conseguirse.

   -Me sorprendes, chico. No he encontrado tanta sabiduría en gente mayor, si no en mente sí en corazón como la que percibo en ti. Pero, dime, ¿crees que eso sería posible para todo el mundo? Quiero decir, ¿para grandes y pequeños, para buenos y malos, para convencidos o incrédulos?

   -Yo creo que sí, no tiene porqué haber diferencias en cuanto al camino que tomes, si éste conduce al mismo sitio. Todo el mundo ha tenido un sueño bueno, no importa lo que después hayas hecho con tu vida si ese sueño lo conservas dentro de tu mente, de tu alma.

   -¿Y el tipo de muerte que se tenga tampoco afectaría?

   -Supongo que no, puedes pensar quedarte dentro de tu sueño en un microsegundo, aunque fuese una muerte rápida, pero también lo puedes venir rumiando con calma toda la vida y sin saberlo. Creo que el deseo es así de caprichoso.

   -Y suponiendo que quedáramos inmersos en un sueño fantástico, ¿cuánto duraría ese sueño?

   El chico permaneció un poco pensativo:

   -Supongo que, si de alguna manera, volviéramos a nacer, vendríamos  de nuevo a este mundo o al que fuera, abandonando ese sueño de cuna que nos habría mantenido ocupados y a salvo de la negra y terrible inexistencia que antes mencionó usted. Luego, la vida, como más o menos la conocemos, volvería a suceder.

   -O sea ¿que tras ese paréntesis de feliz sueño vendría una posterior reencarnación? –inquirió el sabio.

   -Supongo. Pero no sé lo que vendrá después para la gente. Lo único que tengo claro es que el sueño después de morir será reparador y purificador, algo parecido al descanso que ofrece un profundo y hermoso sueño cotidiano. “El gran sueño” tiene que ser sino igual, mejor que uno de medianoche y, por supuesto, muy duradero.

   -¿Y podrá ser un sueño compartido con otras personas? –volvió a preguntar nuevamente.

   -No creo que exista mucha coincidencia entre dos o más personas en un mismo sueño, aunque estos hubieran sido muy amigos en vida. Realmente tiene que haber diferencias entre este “gran sueño” y el típico sueño nocturno. Creo que cada persona tendrá su sueño un poquito personalizado; no voy a ir yo a decirle cómo ha de ser el suyo, usted tendrá sus preferencias, sus ilusiones, sus fantasías o… yo qué sé. Cada persona, creo, viajara independientemente del resto de los seres vivos por su mundo de ensueño hasta que, tarde o pronto, llegue su momento de volver a una vida física, llámesele reencarnación, reaparición o lo que sea: cada persona somos distintos, así que también de distintos sueños venimos.

   -¡Caramba!... La verdad, no me había parado a pensar en llenar el tenebroso vacío que viene tras la vida con un bello y prodigado sueño. Estoy contigo en que sería lo mejor, incluso para purificar nuestros deslices que vamos cometiendo en la vida.

   -Así es: “el gran sueño reparador de la vida”, de todos nuestros males y pecados.

   -Cierto, sería genial…

   -No. ¡Es genial! Lo de “sería” es para los ignorantes, usted es un sabio.

   -¡Dios mío! Y tan sólo tienes… ¿diez años?

   -Doce.       -¡Doce años…! Eres muy inteligente para tan corta edad, muchacho.

   -Ya, bueno… algunas personas maduran antes. De todas formas hasta de los más torpes se aprende algo. Creo que yo he tenido suerte, nada más, y todo se me ha revelado con una visión, un palpitante presentimiento y con el poderoso deseo que todos tenemos en el interior de nuestros corazones.

   El sabio miraba al chiquillo y casi no sabía qué decirle. Sin duda aquel pequeño, con su frescura e imaginación, le había regalado de una sola vez muchas piezas del gran rompecabezas de la existencia, para que completara su ansiado puzzle.

   -Creo que tengo que irme, señor. Me ha sido muy grato hablar con usted. Quizá otro día volvamos a encontrarnos y podamos iniciar otra conversación. Suelo venir mucho a pasear por este camino: me encuentro cosas interesantes en su trayecto, que luego ocuparán mis pensamientos, y en su conjunto los recuerdos y, a la larga, mis sueños.

   -Sí, vale. ¡Adiós, muchacho! –balbuceó el sabio, boquiabierto y desorientado.

   -¡Adiós, señor! –se despidió el chico, mientras iba alejándose -. Y recuerde que si un día se encuentra en un sueño agradable, hermoso y reconfortante y no quiere despertarse, no lo haga. Quizá esté ya inmerso en ese “gran sueño” en el que todos entraremos a formar parte tarde o temprano.

 

 

 

 

J. Francisco Mielgo

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