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El largo viaje de la felicidad 

 

 

   ¡Me duele la cabeza…!

   hoyoy estoy preocupado incluso por todo lo que ocurre en el mundo. Tal vez mi forma de ser depare en un puñado de cosas insolubles que voy observando a mi alrededor, que todo el mundo padece, y que sólo yo serviría para erradicarlas… Ese sería el deseo más honesto que pudiera tener si éste se convirtiera en realidad. ¡Pero la realidad dista mucho de los sueños que queremos hilvanar para coser los remiendos y las roturas que ciñen el mundo! Sin embargo…, tal vez… pueda remediar lo que ocurre en mi interior con el fuerte deseo que resplandece y refleja en el lago, en el espejo, en el cielo de nuestra alma, y también con la fuerza de la imaginación que tenemos en el interior de un mágico baúl oculto en un rincón abuhardillado de nuestra cabeza.

  Voy a ver, voy a viajar por algún mundo en el que nunca he estado y si soy capaz de desenvolverme, si puedo o no avanzar y tal vez así llegar a donde confluye esa cierta felicidad que todos deberíamos tener y que a la mínima podemos perder para volver a sentirnos mal:

  Ahora me despierto… si es que alguna vez estuve dormido, y comienzo a andar por un camino de plata, un camino inundado de cenizas que van chispeando destellos de colores como si fueran palabras que el viento trajera a mi cabeza para que intentara descifrar. A mi alrededor parece que el cielo va oscureciendo, que el sol se va marchando y el día desapareciendo para dar paso a un mar cuajado de estrellas que inundan mi camino de cristal, que asoman sonrientes, que hablan las unas con las otras mientras parezco flotar entre nubes relucientes que mojan el destino de las gentes con una lluvia fina de colores pintados por la aurora en estas noches de verano que da gusto respirar, como se hace en un sueño, igual que un buen día al despertar que me encuentro entre las flores con sus más bellos colores engalanado hasta el horizonte por donde se cuela todos los días el sol… ¡bello sol de la verdad!

  Creo que no me canso de andar por ese camino de nácar que me conduce hasta el mar. Veo olas grandes que lamen mi conciencia, que barren la oscuridad como si la luz de un gran faro en la distancia me hubiera de alumbrar. Es la luz de mi estrella, de mi estrella de mar, del agua dulce de rocío, del agua que en reguero se va. Y caminando miro cómo luce el campo y brillan sus colores, cómo me mira la luna y también cómo me arrullan las olas del mar para que duerma en el sueño, siempre difícil, de la felicidad.

  A mi paso oigo las palabras de las gentes necesitadas, de los que pasan hambre, de quienes no tienen nada. No puedo ni quiero dejar de escuchar, de oír ese runrún especial de lamento, de necesidad. Les he mandado llamar; quiero que vengan conmigo, que no sufran más; les enseñaré mi camino y confiaré en que me acompañen, pues juntos caminaremos por los finos senderos del destino, buscando los ocultos caminos de la felicidad. Ahora ya no estoy solo y confío en la amistad; sé que eso llena vacíos y ahora puedo volver a soñar:

  Surgimos de verdes ramas, en verdes hojas maduramos, de altos árboles que hasta el cielo elevamos y allí dejamos los frutos y en estrellas los pintamos para que todos contemplen el firmamento, el cielo venturoso que todas las noches nos da un beso y también un beso le mandamos. Con la fugaz visión de un brillante cometa concedemos un deseo para todo aquel que nos vea; y le otorgamos el don de poder unirse a nosotros, de poder brillar en la estela. Cada noche, cada día, cada amanecer de nuestra vida, en todos los sueños que tengamos, en los caprichos tontos y en los tontos encaprichados, en nimiedades o en cosas importantes, en el visionario deseo de un niño o en el preciado deseo necesitado; todo está más cerca de conseguirse si con amistad es buscado. Ahora lo sé; por eso voy acompañado. Y ya nunca caminaré solo si por solo estoy tan necesitado. Ya no hay pobres… ¡al menos a mi lado!: Sé que aún hay voces lejanas de personas apartadas, que nadie les ha enseñado el camino, que no les han tendido una mano. Yo puedo idear cosas, pero no puedo con todo el dolor del mundo castigado, y mi deseo sólo es grande si los deseos de todos están a mi lado, si luchamos juntos, ¡si juntos lo intentamos!

  Tal vez el largo viaje de la felicidad tenga algún atajo para que no sea tan duro, para que todos respiremos ese aroma y no tengamos que mirar atrás, donde alguien no lo habrá conseguido y quede su desconsolada búsqueda en el olvido, como si no nos importara, como si a nosotros mismos nos fuera a ocurrir mañana: un cambio en la suerte y las cosas ya no vuelven a ser lo mismo, ¡todo se ha desmoronado! Y vemos a los que van por los caminos plateados y pensamos que podíamos estar allí y, sin embargo, estamos apartados. Las cosas se han volcado y estamos en el punto opuesto, en el opuesto lado. Necesitamos la ayuda de quien ha imaginado, de aquellos que no tenían nada y la nada ahora a nosotros se nos ha dado.

  Vuelvo a dormir y también quiero volver a soñar, no quiero que haya oscuros lados ni desdichas o pobrezas, ni tan sólo caminos intrincados; quiero pintar la felicidad para todos quienes no han podido ni imaginarla, que venga llovida como a pinceladas y que sea para todos y ni una persona quede apartada.   

   Llegará ese día… Al menos en eso estoy, en querer imaginarlo, en ver cómo brota, cómo se ilumina el alba, que es el principio de cada mañana… del día en que este gran deseo se haga realidad. Realidad de un sueño que todos tenemos que soñar y del que no despertaremos para que no se esfume, para que no vuelva la dura realidad; y si despertamos… que sea como en el sueño y allí exista la esperanza y todos quepamos dentro de ella, como en un gran globo que flota sosegadamente en el universo, en la más pura gota de cristal de ese lindo y brillante deseo construido.

 

 

 

 

 

J. Francisco Mielgo

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