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Disquisición 

 

 

   oyeye, humano tímido, has de saber que en tus preguntas siempre hay una respuesta subrepticia y callada que nunca has encontrado.

            – Si soy un ignorante… ¡qué le voy ha hacer yo! Tengo fe en ti, eso es todo. Dime, ¿por qué el mundo es tan diverso?          

  –Diversos son también tus pensamientos, o ¿acaso no te has parado a pensar una cosa y luego has hecho otra? ¿Has visto en la oscuridad una luz que riela y luego desaparece? Todo es muy abstracto y, en la mente, se confunde.

  –Dime, amigo, ¿puedo ser yo conocedor de mucho?

        –Yo no soy tu amigo. Quizás conteste a tus preguntas; mas no por eso debes tomarme mucho apego, y eso te convierte en poco conocedor de nada.          

   –Pero, a veces sueño… ¡Eso sí que es hermoso y grande!: allí sí creo saber por dónde me ando.

        –Ahora me confirmas tu ignorancia, ¡iluso de pacotilla! ¡Qué sabrás tú de sueños si aún no sabes de la vida!

        – ¿Antepones los sueños a la vida?: Los sueños son quimeras, ¡la vida es realidad!

        –Yo no antepongo nada ante nada, y cada uno vive como le place, tanto la vida como los sueños, si puede. Has de saber que todo lo que se ha hecho realidad, como tú dices, germinó en los sueños más profundos e inteligentes.

        –Claro, ahora te burlas de mí. Quizás yo no sea capaz de ver hasta donde tú ves, por mi pequeñez y todo eso. Estoy incoando, poco a poco: ¡Algún día creceré!

        –Claro, como todos. Empero, no creas que la sabiduría sea innata de las cosas grandes; la pequeñez es un estado transitorio que la propia sabiduría terminará por madurar. ¿Has pensado alguna vez en la grandeza del Universo?: pues todo eso fue pequeño algún día. ¿Has visto en el mar, en el cielo, entre la corteza de una tierra generosa la sabiduría que fluctuaba entre las olas o que remontaba el viento, o acaso que florecía en abundancia en campiñas y pedregales?

        –Quizás alguna vez reparé en eso o en algo muy parecido; sin embargo, ahora, ya lo he olvidado o no lo recuerdo con claridad: forma parte de un pasado, a veces insondable, a veces incoherente.

        –Eso es lo malo del pasado, que todo se confunde. Hay una especie de niebla que lo envuelve todo, algo parecido a lo que ocurre con nuestros sueños cuando despertamos; pero no por eso vamos a decir que todo haya sido mentira y, aun en nuestros sueños harto inverosímiles, algo habrá de verdad.       

  –Es cierto. He pasado años brillando como una buena estrella, hasta que un día me di cuenta de que ya me había apagado. ¿Qué pasó? ¿Qué ha sido de mí, de ese gran esplendor que llevaba encima? ¿Adónde va la alegría, la jovialidad, el alma de la buena gente…? ¿Al olvido quizás…? Pero, ¿de quién?       

   –De la gente, de tus parientes, de la suerte, de la felicidad… ¡Qué sé yo! Quizás de la vida misma, que todo lo olvida. Hay un dicho: olvídate de todo y no encontrarás obstáculos que te detengan en tu marcha. Por eso hay pobres, porque la abundancia se olvidó de ellos; hay desgraciados porque el amor quiso olvidarlos; hay ignorantes que olvidaron la sabiduría de las piedras y hay sabiduría de agua y cielo que olvida a los ignorantes.      

     – ¡Soy una calamidad! He sido olvidado de todos, por todo, por la vida misma.

        –No desesperes y busca en tu pasado, en tu niñez o en tus días felices. A parte de congratularte con tales recuerdos podrás también remozar tu endeble alma y, tal vez, podrás hallar un camino que diste mucho del valle del olvido o del sinuoso río que nada recuerda. Si encuentras algo tráetelo, róbaselo a tu pasado para que forme parte de tu presente. Y, humano, trata de olvidar menos. A veces hay que volver la cabeza atrás en busca de algo que se nos ha escapado. Antes me dijiste que alguna vez soñabas y que eso sí era bueno. Pues sueña, y no trates de despertar y, si lo haces, si un día tienes el infortunio de despertar, procura seguir soñando despierto, que no es malo.

        –Reflexionando en esto que me has dicho creo que, en el fondo, siempre he sido un gran soñador: un soñador de mundos y de historias, de grandezas y simplicidades, de cosas diarias y de rarezas ocasionales. Ahora, por favor, vete y deja que me quede en mis pensamientos.

        –Sí, será lo mejor. Pero tú no te olvides de ti, de lo que fuiste, de ese pasado que se refleja mientras caminas por la ribera del río, entre errantes juncos y telarañas de pincel de plata.

        – ¡Adiós, amigo! Y permíteme que te llame así aunque a ti no te guste.

        Y entonces la imagen del espejo se marchó y no volví a verme reflejado más en él. Todo quedó oscuro y opaco como un mundo escondido, tímido y un poquito avergonzado.

 

 

 

 

 

J. Francisco Mielgo

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