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Pinocho 

 

 

(tercera parte)

 

Capítulo XXIV

 

 

arribarriba Pinocho a la «Isla de las Abejas industriosas» y encuentra al Hada.

 

 

Animado Pinocho por la esperanza de llegar a tiempo para salvar a su pobre papa, estuvo nadando sin cesar todo el día hasta que se le hizo de noche.

¡Y qué noche tan terrible fue! Diluvió, granizó, tronó, y eran tales los relámpagos, que parecía de día.

Al amanecer vio a larga distancia una mancha de tierra. Era una isla en medio del mar.

Entonces encaminó todos sus esfuerzos para arribar a aquella playa, pero inútilmente; las olas se precipitaban una tras otra y le arrastraban como si fuera una paja. Al fin, por fortuna suya, vino una ola enorme, que le lanzó con gran fuerza, haciéndole caer sobre la arena de la playa.

Fue el golpe tan fuerte, que al caer en tierra le crujieron todas las costillas y coyunturas; pero se consoló en el acto diciendo:

-¡También esta vez me he escapado de buena!

Entretanto, poco a poco fue serenándose el cielo apareció el sol en todo su esplendor, y el mar quedó tranquilo como una balsa de aceite.

Entonces el muñeco extendió al sol su traje para que se secara, y empezó a mirar si se veía por toda la inmensa sabana de agua alguna barquilla. Pero no pudo ver otra cosa que cielo, mar y alguna que otra vela de barco; pero lejos...

-Sepamos, cuando menos, como se llama esta isla- se dijo después-. Sepamos si está habitada por buena gente; es decir, por gente que no tenga el vicio de colgar de los árboles a los niños. Pero ¿a quién voy a preguntárselo, si no hay nadie?

La idea de encontrarse solo, completamente solo en aquel país deshabitado, le produjo tal melancolía, que sintió ganas de llorar; pero en aquel momento vio pasar cerca de la orilla un pez muy grande, que nadaba tranquilamente, llevando fuera del agua casi toda la cabeza.

No sabiendo cómo llamarle por su nombre, el muñeco gritó con toda la fuerza de sus pulmones, para hacerse oír mejor:

-¡Eh, señor pez! ¿Quiere usted escucharme un minuto?

-¡Y aunque sean dos!-contestó el pez, que era un delfín muy cortés y educado, como hay pocos en esos mares del mundo.

-¿Haría usted el favor de decirme si en esta isla hay algún país donde se pueda comer sin peligro de ser comido?

-Puedes estar tranquilo- respondió el delfín-. Cerca de aquí encontrarás uno.

-¿Y que camino debo tomar para llegar hasta ese país?

-Tienes que tomar ese sendero que hay a mano izquierda y seguir siempre adelante, en dirección de tu nariz. No tiene pérdida.

-Dígame usted otra cosa. Usted que se pasea día y noche por el mar, ¿no ha encontrado por casualidad una barquita muy pequeña, en la cual iba mi papá?

-¿Y quién es tu papá?

-Es el mejor papá del mundo, así como yo soy el hijo más malo que se puede dar.

-Con la borrasca de esta noche- respondió el delfín-, seguramente habrá naufragado la barca.

-¿Y mi papá?

-A estas horas se lo habrá tragado el terrible dragón marino que desde hace unos días ha traído el exterminio y la desolación a estas aguas.

-¿Es muy grande ese dragón?- preguntó Pinocho, que ya empezaba a temblar de miedo.

-¿Que si es grande?- replicó el delfín-. Para que puedas formarte una idea, te diré que es más grande que una casa de cinco pisos, y con una bocaza tan ancha y tan profunda, que por ella podría fácilmente entrar un tren, con máquina y todo.

-¡Qué horror!- gritó asustadísimo el muñeco; y entrándole de pronto gran prisa por marcharse, se quitó el sombrero y haciendo una cumplida reverencia dijo al delfín:

-¡Hasta la vista, señor pez; mil perdones por la molestia, y muchísimas gracias por su amabilidad y cortesía!

Dicho esto tomó por el sendero que el delfín le había indicado y empezó a caminar con paso ligero; tan ligero, que más que andar corría como un galgo. Apenas sentía el más ligero rumor, volvía la cabeza para mirar hacia atrás, con temor de que le siguiera aquel terrible dragón, grande como una casa de cinco pisos y con una bocaza capaz de tragarse un tren entero, con máquina y todo.

Después de haber andado más de media hora llegó a un país que se llamaba el País de las Abejas industriosas. El camino hormigueaba de personas que corrían de un lado a otro, afanosamente, para cumplir sus obligaciones: todos trabajaban, todos tenían siempre algo que hacer. Ni con candil se podía encontrar un ocioso ni un vago.

-¡Malo!- se dijo el desvergonzado de Pinocho-. ¡Este país no se ha hecho para mí! ¡Yo no he nacido para trabajar!

Entretanto el hambre empezaba a atormentarle, porque había pasado más de veinticuatro horas sin probar bocado; ni siquiera unas pocas algarrobas. ¿Qué hacer?

Para poder desayunarme no había más que dos medios; pedir trabajo o pedir limosna; una perra chica o un poco de pan.

Pedir limosna le daba vergüenza, porque su padre le había dicho siempre que sólo tienen derecho a pedir limosna los viejos y los inútiles o enfermos. Los verdaderos pobres que merecen compasión y socorro, sólo son los que por motivo de edad o de salud se encuentran imposibilitados para ganar el pan con el sudor de su rostro. Todos los demás están obligados a trabajar de una o de otra manera, y si no trabajan y tienen hambre, es por culpa suya.

En aquel momento pasaba por el camino un hombre fatigado y sudoroso, que arrastraba él solo dos carretas cargadas de carbón.

Le pareció a Pinocho que aquel hombre tenía cara de ser muy bueno, y acercándose a él, le dijo:

-¿Quiere usted darme por caridad una perra chica? Porque me estoy muriendo de hambre.

-No sólo una perra chica- respondió el carbonero-; te daré cuatro, si me ayudas a llevar hasta mi casa estas dos carretas de carbón.

-¡De ningún modo!- respondió el muñeco, ofendido-. ¡Yo no sirvo para hacer de burro; yo no he tirado nunca de una carreta!

-Mejor para ti- respondió el carbonero-. Pues, entonces, hijo mío, si tienes hambre, cómete una buena ración de tu orgullo, y ten cuidado de no coger una indigestión.

Pocos minutos después pasó por el camino un albañil que llevaba al hombro un cesto de cal.

-Buen hombre, tendría usted la caridad de dar una perra chica a un pobre muchacho que se muere de hambre.

- Con mucho gusto- respondió el albañil-. Vente conmigo, ayúdame a llevar la cal, y en vez de una perra chica te daré cinco.

-Pero la cal pesa mucho, y yo no quiero fatigarme- replicó Pinocho.

-Pues si no quieres fatigarte, cómete los codos, y que te haga buen provecho, hijo mío.

En menos de media hora pasaron otras veinte personas, y a todas les pidió limosna Pinocho; pero respondieron:

-¿No te da vergüenza? ¡En vez de hacer el vago por el camino, valía más que buscaras algún trabajo para ganarte el pan!

Por último, pasó una mujercita que llevaba dos cántaros de agua.

-¿Haría usted el favor de dejarme beber un sorbo de agua en el cántaro?- le dijo Pinocho, que estaba abrasado por la sed.

-Bebe lo que quieras, hijo mío- dijo la mujercita poniendo los cántaros en tierra.

Cuando Pinocho hubo bebido como una esponja, balbuceó, pasándose el dorso de la mano por los labios:

-¡Ya me he quitado la sed! ¿Quién pudiera hacer lo mismo con el hambre?

Al oír estas palabras, la buena mujercita le dijo en el acto:

-Si me ayudas a llevar a mi casa uno de estos cántaros, te daré un buen pedazo de pan.

Pinocho miró el cántaro, pero no respondió.

Y además del pan te daré un buen plato de coliflor con aceite y vinagre- añadió la buena mujer.

Pinocho echó otra mirada al cántaro, pero tampoco contestó.

-Y después de la coliflor te daré un pastel relleno de crema.

Al oír tan seductora proposición ya no pudo resistir Pinocho su glotonería, y dijo con ánimo resuelto:

-¡Paciencia! ¡Llevaré el cántaro hasta la casa!

Como el cántaro era muy pesado para llevarlo al brazo, se resignó Pinocho a ponérselo en la cabeza.

Cuando llegaron a la casa, la buena mujer hizo sentar a Pinocho ante una mesita cubierta con un mantel muy limpio, y colocó en ella el pan, la coliflor ya condimentada y el pastel de crema.

Pinocho no comió, sino que devoró; su estómago parecía un cuarto vacío y deshabitado desde hacía cinco meses.

Cuando ya había calmado la rabiosa hambre que le mordía el estómago, levantó la cabeza para dar las gracias a su bienhechora, pero apenas la hubo mirado, se quedó estupefacto, con los ojos extraordinariamente abiertos, el tenedor en el aire y la boca llena de pan y coliflor.

-¿Qué te sucede?- dijo sonriendo la buena mujer.

-¡Es que...- contestó Pinocho balbuceando-; es que... me parece que estoy soñando! ¡Usted me recuerda...! ¡Sí, sí; la misma voz...los mismos ojos... los mismo cabellos! ¡Sí, sí...; también usted tiene el pelo azul turquí como ella! ¡Oh, Hada preciosa! ¡Oh, hermana mía! ¡Dime que eres tú, tú misma! ¡No me hagas llorar más! ¡Si supieras cuanto he llorado y cuánto he sufrido!

Y al decir esto lloraba Pinocho desconsoladamente, y puesto de rodillas abrazaba a la misteriosa mujercita.

 

 

 

Capítulo XXV

 

 

Pinocho promete al Hada ser bueno y estudiar.

 

Al principio la mujercita negaba que fuese el Hada de los cabellos azules; pero después, viéndose descubierta y no queriendo continuar más tiempo la comedia, terminó por darse a conocer, y dijo a Pinocho:

-¡Bribón de muñeco! ¿Cómo has podido acertar que era yo?

-¡Es por lo mucho que te quiero!

-¿Te acordabas de mí? Me dejaste siendo niña, y ahora me encuentras hecha una mujer; tanto, que pudiera servirte de mamá.

-Y yo me alegro mucho, porque en vez de hermanita te llamaré mamá. ¡Hace tanto tiempo que deseaba tener una mamá como los demás niños!

-La tendrás si sabes merecerlo.

-¿De veras? ¿Qué puedo hacer para merecerlo?

Una cosa facilísima: acostumbrarte a ser un niño bueno.

-¿Es que no lo soy?

-No, no lo eres. Los niños buenos son obedientes; pero tú...

-Yo no obedezco nunca.

-Los muchachos buenos tienen amor al estudio y al trabajo; pero tú...

-Yo, en cambio, estoy todo el año hecho un holgazán y un vagabundo.

-Los niños buenos dicen siempre la verdad.

-Y yo digo mentiras.

-Los niños buenos van con gusto a la escuela.

-Y a mí la escuela me da dolor de cabeza. Pero de hoy en adelante quiero cambiar de vida.

-¿Me lo prometes de verdad?

-¡Lo prometo! Quiero ser muy bueno y quiero ser el consuelo de mi papá ¿Donde estará a estas horas mi pobre papá?

Quién lo sabe...

-¿Tendré aún la suerte de volver a verle y de abrazarle?

-Creo que sí, pero no estoy segura.

Tal contento causó a Pinocho esta respuesta, que tomó las manos del Hada y comenzó a besarla entusiasmado. Después levantó la cabeza, y mirándola cariñosamente preguntó:

-Dime, mamita: ¿verdad que no te habías muerto?

-Por lo visto...- respondió el Hada sonriendo.

-¡Si supieras qué dolor tan grande sentí al leer: "Aquí yace..."!

-Ya lo sé, y por eso te he perdonado. La sinceridad de tu dolor me hizo conocer que tenías buen corazón, y cuando un niño tiene buen corazón se puede esperar algo de él, aunque sea un poco travieso y revoltoso; es decir, se puede esperar que vuelva al buen camino. Por eso he venido a buscarte hasta aquí. Yo seré tu mamá...

-¡Oh, qué bien!- gritó Pinocho saltando de alegría.

-Tú me obedecerás, y harás siempre lo que te diga.

-¡Todo, todo, todo y muy contento!

-Desde mañana irás a la escuela- continuó el Hada.

Pinocho se puso un poco menos alegre.

-Después escogerás el oficio que te parezca.

Pinocho se puso serio.

-¿Qué murmuras entre dientes?- preguntó el Hada con acento de disgusto.

-Decía...- balbuceó el muñeco a media voz-que ahora ya me parece algo tarde para ir a la escuela.

No, señor. Para instruirse y aprender, nunca es tarde.

-Pero yo no quiero aprender ningún oficio.

-¿Por qué?

-Porque el trabajo me cansa mucho.

-Hijo mío- dijo el Hada-, los que piensan de ese modo acaban siempre en la cárcel o en el hospital. Todo hombre, nazca pobre o nazca rico, está obligado en este mundo a hacer algo, a tener una ocupación, a trabajar. ¡Ay del que se deje dominar por la pereza! La pereza es una enfermedad muy grave y muy fea, y hay que curarla siendo niño, porque cuando se llega a ser mayor ya no tiene cura.

Estas palabras causaron gran impresión en Pinocho, que levantando vivamente la cabeza, dijo al Hada:

-Yo estudiaré, trabajaré y haré todo lo que me digas, porque te quiero mucho, y porque tú tienes que ser siempre mi mamá.

 

 

 

Capítulo XXVI

 

 

Pinocho va con sus compañeros de escuela a la orilla del mar para ver al terrible dragón.

 

 

Al día siguiente fue Pinocho a la escuela.

¡Figuraos lo que ocurriría entre aquella caterva de muchachos traviesos al ver que entraba en la escuela un muñeco! Aquello fue una de risotadas que no tenía fin. Uno le hacía una mueca, otro le tiraba por detrás de la chaqueta, otro le hacía caer el gorro de la mano, alguno intentó pintarle con tinta unos bigotes, y no faltó quien quisiera atarle hilos a los pies y a las manos para hacerle bailar.

Al principio Pinocho tuvo paciencia; pero cuando ésta se le iba ya acabando, se encaró con los más atrevidos y les dijo con cara de pocos amigos.

-¡Mucho cuidado conmigo! ¡Yo no he venido aquí para divertir a nadie! Yo respeto a los demás, y quiero a mi vez ser respetado.

-¡Bravo, Tonino; has hablado como un libro!- gritaron aquellos monigotes, aumentando su algazara, y uno de ellos, más impertinente y atrevido que los demás, trato de agarrar al muñeco por la punta de la nariz.

Pero no tuvo tiempo, porque Pinocho levantó la pierna y le dio un puntapié en la espinilla.

-¡Ay! ¡Qué pie más duro!- gritó el muchacho, rascándose la parte dolorida.

-¡Y qué brazo! ¡Aún más duro que los pies!- dijo otro que se había ganado un codazo en el estómago por haber querido dar a Pinocho otra broma desagradable.

Aquel puntapié y aquel codazo, dados tan a tiempo, hicieron adquirir a Pinocho la estimación y la simpatía de todos los muchachos de la escuela; todos ellos quisieron ser amigos suyos, y le hicieron mil protestas de afecto.

El maestro también se mostró satisfecho, porque le veía atento, estudioso, inteligente, siempre el primero para entrar en la escuela, y el último para ponerse en pie cuando había terminado la hora.

El único defecto que tenía era frecuentar demasiado la compañía de los muchachos más traviesos y menos estudiosos.

El maestro se lo advertía todos los días, y tampoco el Hada se cansaba de repetirle:

-¡Ten mucho cuidado, Pinocho! Tarde o temprano, esos malos compañeros acabarán por hacerte perder la afición al estudio, y acaso también por atraerte alguna desgracia grande.

-¡No hay cuidado!- respondió el muñeco, encogiéndose de hombros y tocándose la frente con el dedo índice, como queriendo decir -: "Soy yo más listo de lo que parece".

Pues, señor, que un día iba Pinocho a la escuela y se encontró con unos cuantos compañeros que se acercaron a él y le dijeron:

-¿Sabes la gran noticia?

-Pues que ha venido a este mar un dragón grande como una montaña.

-¿De veras? Quizás sea el mismo de cuando se ahogó mi pobre papá.

-Nosotros vamos a la playa para verle. ¿Quieres venir?

Yo, no; quiero ir a la escuela.

 

-¿Qué te importa la escuela? Iremos mañana. Por una lección más o menos no hemos de ser menos burros.

-¿Y qué dirá el maestro?

-¡Déjale que diga! ¡Para eso le pagan: para estar riñendo todo el día!

-¿Y mamá?

-Las mamás no saben nunca nada- respondieron aquellos pilletes.

-¿Sabéis lo que voy a hacer?- dijo Pinocho-: Por ciertas razones que vosotros no sabéis, quiero ver el dragón; pero iré después de salir de la escuela.

-¡Valiente tonto!- repuso uno de los del grupo-. ¿Se creerá, sin duda, que un pez de ese tamaño va a esperarle para que lo vea a la hora que quiera? En cuanto se aburra de estar en este mar, se marchará a otro, y si te he visto no me acuerdo.

-¿Cuánto se tarda en llegar a la playa?- preguntó el muñeco.

-En una hora podemos ir y volver.

-¡Pues vamos allá, y a ver quien corre más!- gritó Pinocho.

Y dicho esto, aquellos monigotes, con los libros bajo el brazo, echaron a correr a través de los campos. Pinocho iba siempre delante de todos: parecía tener alas en los pies.

De cuando en cuando volvía la cabeza para mirar hacia atrás, y se, burlaba de sus compañeros, retrasados a una buena distancia. Al verlos jadeantes, fatigados, cubiertos de polvo y con una cuarta de lengua fuera, se reía con toda el alma. ¡El infeliz no podía presumir en aquel momento que aquella carrera le llevaba al encuentro de nuevas calamidades!

 

 

 

Capítulo XXVII

 

 

Gran pelea entre Pinocho y sus compañeros. -Uno de estos cae herido, y Pinocho es preso por la guardia.

 

Apenas llegaron a la playa, comenzó Pinocho a mirar ansiosamente por toda la extensión del mar, pero no vio ningún dragón.

El agua estaba tan tranquila y clara, que parecía un inmenso espejo.

-¿Dónde está el dragón?- preguntó el muñeco, dirigiéndose a sus compañeros.

-Se habrá ido a merendar- dijo uno de ellos riendo.

-O se habrá metido en la cama para dormir la siesta- agregó otro, riendo aún más fuerte.

Pinocho comprendió que sus compañeros, para burlarse de él, habían inventado la historia del dragón. Y al verse engañado, se enfadó mucho, y les dijo con acento de amenaza:

-Y ahora, ¿queréis decirme qué habéis ganado con esta broma tan tonta?

-¡Ya lo creo que hemos ganado!- respondieron a coro aquellos pilletes-. Hacerte perder la clase.

-¿No te da vergüenza de ser siempre tan puntual y de saberte todos los días las lecciones? ¿No te da vergüenza de tanto romperte la cabeza estudiando?

-Y eso, ¿qué os importa a vosotros?

-Nos importa mucho, porque por tu culpa hacemos mal papel en la escuela.

-¿Por qué?

-Porque los muchachos que estudian dejan en mal lugar a los que no quieren estudiar, como nos pasa a nosotros. Y no queremos que nadie se luzca a costa nuestra. ¡Entiendes! ¡También nosotros tenemos nuestro amor propio!

-Bueno. ¿Y qué es, entonces, lo que debo hacer para tenerlos contentos?

-Hacer que te fastidien, como a nosotros, la escuela, los libros y el maestro, que son nuestros tres mayores enemigos.

-¿Y si yo quisiera seguir estudiando?

-No te miraríamos más a la cara, y en la primera ocasión que se presentase nos la pagarías.

-¡La verdad es que casi me dais risa!- dijo el muñeco rascándose la cabeza.

-¡Eh, Pinocho!- gritó entonces el mayor de aquellos muchachos mirándole fijamente a la cara-. ¡No vengas aquí a pintarla de valiente! ¡No quieras hacerte el gallito, porque si tú no tienes miedo de nosotros, tampoco nosotros lo tenemos de ti! ¡Ten presente que tú estas solo, y que nosotros somos siete!

-¡Siete como los pecados capitales!- dijo Pinocho soltando una carcajada.

-¿Habéis visto? ¡Nos ha insultado a todos! ¡Nos ha llamado pecados capitales!

-¡Pinocho, ten cuidado con lo que dices, porque si no...!

-¡Uy, qué miedo!- contestó el muñeco, sacándoles la lengua y haciéndoles burla.

-¡Pinocho, que vamos a acabar mal!

-¡Uy, qué miedo!

-¡Que vas a volver a casa con la nariz rota!

-¡Uy, qué miedo!

-¡Sí! ¡Ahora vas a ver!- grito el más atrevido, dándole un coscorrón en la cabeza-. Toma este capón, para que cenes esta noche.

Como es de suponer, la respuesta no se hizo esperar: el muñeco contestó en el acto con otro coscorrón, y desde este momento el combate se hizo general y encarnizado.

Aunque Pinocho estaba solo, se defendía como un héroe. Sus duros pies de madera trabajaban de tal manera, que sus enemigos se mantenían a respetuosa distancia. Allí donde uno de sus pies conseguía alcanzar, dejaba un cardenal para recuerdo.

Cuando los siete muchachos se convencieron de que cuerpo a cuerpo no podían meter mano al muñeco, echaron mano de los proyectiles, y soltando las correas con que llevaban sujetos los libros, empezaron a apedrearle con ellos.

Pero Pinocho, que era listo y ágil, esquivaba los golpes dando saltos, y los libros, uno a uno, fueron cayendo al mar sin que ninguno le tocara.

¡Figuraos la revolución que se armó entre los peces! Creyendo que los libros eran cosa de comer, iban disparados a cogerlos; pero apenas daban un bocado se apresuraban a escupir el papel, haciendo una rueda, como si dijeran: "¡Uf! ¡Qué malo está esto! Mi cocinera guisa mucho mejor".

Entretanto el combate seguía siempre encarnizado; cuando he aquí que un cangrejo muy grande que había salido del agua y que andaba perezosamente por la playa, dijo con voz atiplada:

-¡Basta ya, locos, que no se os puede llamar de otro modo! Juego de manos, son juegos de villanos. Estoy viendo que os vais a hacer daño. ¡Esas peleas suelen terminar con una desgracia!

¡Predicar en desierto! El bueno del cangrejo pudo muy bien ahorrarse saliva. En vez de hacerle caso, el diablejo de Pinocho se volvió, y mirándole con ojos de cólera, le dijo ásperamente:

-¡Cállate, mamarracho! ¡Vaya una voz ridícula! Más te valdría tomar unas pastillas para curarte la garganta. ¡Anda, anda, vete a la cama y procura sudar el resfriado!

Los otros muchachos habían ya dado fin de sus libros; pero en aquel momento vieron el cartapacio de Pinocho y se apresuraron a cogerlo.

Entre sus libros había uno encuadernado con cartón grueso y con el lomo y las puntas de pergamino. Era un Tratado de Aritmética. ¡Podéis imaginaros lo pesado que sería!

Uno de los muchachos se apoderó del libro, y apuntando a la cabeza de Pinocho, lo lanzó con toda la fuerza que pudo; pero en vez de dar al muñeco, fue a estrellase en la cabeza de otro de los muchachos, que se quedó blanco como la cera y cayó en la arena, diciendo:

-¡Madre mía! ¡Yo me... muero!

A la vista del presunto cadáver echaron a correr los asustados muchachos, y pocos instantes después habían desaparecido.

Pinocho no escapó; a pesar de que el dolor y el espanto le tenían más muerto que vivo, fue a mojar su pañuelo en el agua del mar, y empezó a humedecer las sienes que su desgraciado compañero de escuela. Y en tanto que realizaba esta operación, llorando desesperadamente, llamaba al muerto por su nombre, y decía:

-¡Paco! ¡Paquito! ¡Abre los ojos y mírame! ¿Por qué no respondes? ¿No me oyes? No he sido yo, ¡sabes!, el que te ha hecho daño, ¿sabes? ¡Créeme: de verdad que no he sido yo! ¡Abre los ojos, Paquito! ¡Si los tienes así cerrados, harás que yo también me muera!

-¡Oh, Dios mío! ¿Cómo podré volver ahora a mi casa? ¿Con qué cara me presentaré a mi mamá? ¿Qué va a ser de mí? ¿Dónde podré esconderme? ¡Cuanto mejor hubiera sido ir a la escuela! ¿Por qué habré hecho caso de esos compañeros, que son mi perdición? Bien me lo había advertido el maestro, y también mi mamá, que me repetía: ¡Guárdate de las malas compañías! Pero yo soy un testarudo y un desobediente, que oigo como quien oye llover todos los consejos, y hago siempre mi voluntad, sin tener presente que después tengo que pagar las consecuencias. ¡Por eso, y sólo por eso, no he tenido aún una hora de tranquilidad desde que estoy en el mundo! ¡Dios mío! ¿Qué va a ser de mí?

Y Pinocho continuaba llorando, lamentándose y llamando al pobre Paquito, cuando sintió de pronto ruido de pasos que se acercaban.

Volvió la cabeza, y vio una pareja de la guardia civil.

-¿Qué haces ahí en el suelo?- preguntó uno de los guardias.

-Estoy auxiliando a este compañero de escuela.

¿Se ha puesto malo?

-Parece que sí.

-¡Qué malo ni qué ocho cuartos!- dijo el otro guardia, que se había inclinado y miraba a Paco atentamente-. Lo que tiene este muchacho es que le han herido en la sien ¿Quién ha sido?

-¡Yo no he sido!- balbuceó el muñeco, que se quedó, como suele decirse, sin gota de sangre en el cuerpo.

-Pues si no has sido tú, entonces, ¿quién le ha herido?

-¡Yo, no!- repitió Pinocho.

-¿Con qué ha sido herido?

-Con este libro- dijo el muñeco, recogiendo del suelo y mostrando a los guardias aquel Tratado de Aritmética, encuadernado en cartón y pergamino.

-¿De quién es este libro?

-Mío.

-¡Basta ya; no necesitamos saber más! Ponte en pie y ven con nosotros.

-¡Pero si yo...!

-¡Ven con nosotros!

-¡Pero si soy inocente!

-¡Bueno, bueno; ven con nosotros, y a callar!

Antes de marchar, llamaron los guardias a unos pescadores que en aquel momento pasaban en su barca cerca de la orilla, y les dijeron:

-Aquí os dejamos este muchacho, que ha sido herido en la cabeza, para que le llevéis a vuestra casa y le cuidéis. Mañana vendremos por aquí para verle.

Después se volvieron hacia Pinocho, y, poniéndole en medio, le dijeron con voz áspera:

-¡En marcha, y aprieta el paso! ¡Si no, te haremos andar de otra manera!

No se lo hizo repetir el muñeco, y empezó a caminar por el sendero que conducía a la población; pero el pobre diablo no sabía en qué mundo se encontraba. Creía soñar. ¡Mas era un sueño tan horrible...! ¡Apenas veía lo que le rodeaba; le temblaban las piernas y tenia la boca seca y la lengua pegada al paladar, que apenas hubiera podido decir una palabra! Y, sin embargo, en medio de aquel atontamiento había una idea fija que le causaba tristeza y dolor: la de que tenía que pasar entre aquellos dos guardias por debajo de la ventana de su buena Hada. ¡Hubiera preferido morir!

Estaba ya para entrar en la población, cuando una ráfaga de aire arrebató el gorro de la cabeza de Pinocho y lo llevó a una distancia de diez o doce pasos.

-¿Me permiten ustedes- dijo el muñeco a los guardias-, que vaya a recoger mi gorro?

-Ve, y despacha pronto.

El muñeco fue a recoger su gorro; pero en vez de ponérselo en la cabeza lo sujetó con los dientes, y echó a correr con todas sus fuerzas en dirección de la playa. Aquello no era un muñeco: era una bala disparada.

Juzgando los guardias que les sería difícil alcanzarle, le azuzaron un perro de presa que había ganado el premio en todas las carreras de perros. Mucho corría Pinocho, pero el perro corría más. La gente se asomaba a las ventanas y se arremolinaba en el camino, ansiosa de ver el resultado de aquella feroz persecución. Pero no pudieron conseguirlo, porque Pinocho y el perro levantaban tal nube de polvo, que a los pocos momentos ya no se les veía.

 

 

 

Capítulo XXVIII

 

 

Pinocho corre peligro de ser frito en una sartén como un pez.

 

Durante aquella desesperada carrera hubo un momento en que Pinocho se creyó perdido, porque Chato (que así se llamaba el perro de presa) casi le daba alcance; de tal modo, que el muñeco no sólo; sentía la jadeante respiración del animal, sino el mismo calor de su aliento.

Por fortuna estaban ya en la playa, y el mar estaba a pocos pasos. Entonces el muñeco dio un soberbio salto, como no lo hubiera dado mejor una rana, y fue a caer en el agua. Chato quiso detenerse; pero, llevado por el ímpetu de la carrera, fue a parar también en el mar.

El desgraciado no sabía nadar; así es que empezó a dar manotazos y patadas para mantenerse a flote; pero cuando más manoteaba, más se iba hundiendo.

Haciendo un esfuerzo supremo, consiguió sacar un momento la cabeza del agua, y gritó ladrando:

-¡Socorro! ¡Que me ahogo!

-¡Revienta de una vez!- respondió a lo lejos Pinocho, libre ya de peligro.

-¡Ayúdame, Pinocho mío! ¡Sálvame de la muerte, por caridad!

Al oír estos ruegos desgarradores, el muñeco, que tenía un corazón excelente, se conmovió, y volviéndose hacia el perro le dijo:

-Pero si te ayudo a salvarte, ¿me prometes no correr más detrás de mí?

-¡Te lo prometo, sí, sí; pero ven pronto, por favor; porque sí tardas un minuto, estiro la pata!

Aún dudó un momento Pinocho; pero, acordándose de que su papá le había dicho muchas veces que nunca se pierde por hacer una buena acción, fue nadando hasta reunirse con Chato, y agarrándole por la cola, le condujo sano y salvo hasta la arena de la playa.

El pobre perro no podía mantenerse en pie: había bebido tanta agua salada, que estaba hinchado como un globo. Por otra parte, Pinocho, que no las tenía todas consigo, creyó prudente arrojarse de nuevo al mar, y se alejó de la orilla gritando:

-¡Adiós, Chato; que sigas bueno; muchos recuerdos a tu familia!

-¡Adiós, Pinocho!- respondió el perro-. ¡Mil gracias por haberme librado de la muerte! Me has prestado un gran servicio, y todo tiene su pago en este mundo. Si se presenta la ocasión, ya hablaremos de esto.

Pinocho continuó nadando, manteniéndose siempre cerca de la orilla. Finalmente, le pareció que se hallaba en sitio seguro; miro hacia la playa, y vio entre las rocas una especie de gruta, de la cual salía un largo penacho de humo.

-En esa gruta debe de haber fuego- se dijo- ¡Tanto mejor! Iré a secarme y a calentarme. ¿Y después? ¡Después sucederá lo que Dios quiera!

Tornada ya su resolución, se acercó a la orilla; pero cuando iba a trepar por las rocas, sintió que salía algo del fondo, algo que le recogía y le hacía salir por el aire. Trató de escapar; pero ya era tarde, porque, con asombro grande, se encontró preso dentro de una fuerte red de pescar, y entre una multitud de pescados de todas clases y tamaños, que coleaban desesperadamente.

Al mismo tiempo vio salir de la gruta un pescador tan feo, tan feo, que parecía un monstruo marino. Su cabeza, en vez de pelo, tenía una espesa mata de hierba verde; los ojos eran verdes, verde la piel y verde la barba, tan larga, que casi llegaba hasta el suelo.

Parecía un enorme lagarto que andaba derecho sobre las patas traseras.

Cuando el pescador sacó la red fuera del mar, exclamó con gran alegría:

-¡Bendita sea la Providencia! ¡También hoy me voy a dar un buen atracón de peces!

-¡Menos mal que yo no soy pez!- se dijo Pinocho recobrando un poco de valor.

La red, con toda la pesca que contenía, fue llevada al interior de la gruta, una cueva oscura y ahumada, en el centro de la cual estaba calentándose una gran sartén de aceite, con un olor a sebo que no dejaba respirar.

-¡Vamos a ver lo que he pescado!- dijo el pescador verde, metiendo en la red una mano tan grande como una pala de horno y sacando un puñado de salmonetes.

-¡Buenos salmonetes!- continuó, mirándolos con gran complacencia, y arrojándolos después en un barreño.

Volvió a repetir la operación, y cada vez que sacaba un puñado de peces se le hacía la boca agua y decía:

-¡Estupendos lenguados!

-¡Magníficos besugos!

-¡Hermosas sardinas!

-¡Vaya unos calamares!

-Pues, ¿y estos boquerones, que habrá que comer con raspa y todo?

-¡Oh, qué langostinos tan ricos!

Como es de suponer, calamares, langostinos, besugos, sardinas, boquerones y lenguados fueron a parar al barreño, para hacer compañía a los salmonetes.

En la red no quedaba ya más que Pinocho.

Cuando el pescador le tuvo en la mano, abrió más aún sus verdes ojazos, y gritó con asombro y casi con temor:

-¿Qué clase de pescado es éste? ¡Yo no recuerdo haber comido nunca uno semejante!

Y volvió a mirarle y remirarle bien por los cuatro costados, diciendo por último:

-¡Debe ser un cangrejo de mar!

Mortificado Pinocho al oír que le confundían con un cangrejo de mar, dijo con acento resentido:

-Pero, ¡qué cangrejo ni qué narices! ¡Pues no faltaba más! Yo no soy un cangrejo: soy un muñeco, para que usted lo sepa.

¡Un muñeco! Confieso que no he visto nunca ningún pez-muñeco. ¡Tanto mejor! ¡Así te comeré con más gusto!

-¿Comerme? ¡Pero, hombre, si yo no soy un pez! ¿No está usted viendo que pienso y que hablo como usted?

-¡Toma, pues es verdad!- dijo el pescador-. En fin, puesto que eres un pez que tienes la suerte de pensar y de hablar como yo, voy a tener contigo algunos miramientos.

-¿Cuáles?

-En prueba de amistad y de especial consideración, te dejo elegir la forma en que he de guisarte. ¿Quieres que te ponga frito con patatas, o prefieres la salsa mayonesa?

-A decir verdad- repuso Pinocho,- si yo he de escoger, prefiero ser puesto en libertad para volver a mi casa.

-¡Vamos, tú bromeas! ¿Te parece que voy a perder la ocasión de comer un pescado tan raro como tú? ¡No se pescan todos los días en estos mares peces-muñecos! ¡Déjame a mí! ¡Verás! Voy a freírte en la sartén con todos los demás pescados, y no podrás quejarte. Siempre es un consuelo ser frito en compañía.

Al oír esta sentencia tan poco consoladora, el pobre Pinocho empezó a llorar, a gritar y a lamentarse:

-¡Cuánto mejor hubiera sido ir a la escuela! ¡He hecho caso de las malas compañías, y ahora voy a pagarlo! ¡Hi... hi... hi...!

Y como se revolvía igual que si fuera una anguila, y hacía esfuerzos extraordinarios para librarse de las manos del pescador, éste cogió un fuerte junco y le ató brazos y piernas, como si fuera una langosta, arrojándole después en el barrero con los demás pescados.

Después sacó un bote lleno de harina y empezó a enharinarlos. A medida que iba cubriéndolos de harina por todas partes, los echaba en la sartén. Los primeros que tuvieron que bailar en el aceite hirviendo fueron los pobres besugos; después les tocó la vez a los calamares, siguiendo los salmonetes; luego las sardinas, los lenguados y los boquerones. Llegó el turno de Pinocho, que al verse tan cerca de la muerte (¡y qué horrible muerte!), sintió ya tal espanto, que no tuvo fuerzas para gritar ni para quejarse.

El pobre no podía pedir compasión más que con los ojos; pero el pescador verde, sin mirarle siquiera, le dio cinco o seis vueltas por la harina, cubriéndole perfectamente de pies a cabeza, de tal manera que parecía un muñeco de yeso.

Después le agarró por las piernas, y...

 

 

Capítulo XXIX

 

Vuelve Pinocho a casa del Hada. -Gran merienda de café con leche para solemnizar el éxito de Pinocho en sus exámenes.

 

Cuando el pescador se disponía a echar a Pinocho en la sartén, entró en la gruta un enorme perro, atraído por el olor del pescado frito.

-¡Largo de aquí!- gritó el pescador amenazándole, y teniendo siempre en la mano el muñeco.

Pero el pobre animal tenía un hambre terrible, y gruñía y meneaba la cola, como queriendo decir:

-¡Dame un poco de pescado frito y te dejaré en paz!

-¡Largo de aquí, te digo!- repitió el pescador, alargando la pierna como para darle un puntapié.

Entonces el perro, que cuando le apretaba el hambre de verdad no tenía miedo a nada, se volvió furioso contra el pescador, enseñándole los terribles colmillos.

Al mismo tiempo se oyó en la gruta una vocecita muy débil, que dijo:

-¡Sálvame, Chato, que me van a freír!

El perro conoció en el acto la voz de Pinocho, y observó con gran asombro que la voz salía de aquel bulto enharinado que el pescador tenía en la mano.

¿Y qué hizo? Pues, dando un salto, tomó delicadamente entre los dientes al muñeco enharinado, y salió de la gruta corriendo como el viento.

Furioso el pescador de que le arrebataran aquel pez que pensaba comer con tanto gusto, trató de alcanzar al perro; pero apenas había dado algunos pasos, le acometió un golpe de tos que le hizo volver atrás.

Mientras tanto, Chato había llegado a la senda que conducía a la población, y depositó en tierra a su amigo Pinocho.

-¡Cuanto tengo que agradecerte!- dijo el muñeco.

-¡Nada absolutamente!- respondió el perro-. Tú me salvaste a mí, y todo tiene su pago en este mundo: hay que ayudarse unos a otros.

-Pero, ¿cómo es que me has encontrado en aquella gruta?

-Es que seguía tendido en la playa, mas muerto que vivo, cuando el aire me trajo un olorcillo a pescado frito que me abrió el apetito de par en par; así es que: me levanté para ir al sitio de donde venía aquel olor. ¡La verdad es que si llego un minuto más tarde...!

-¡No me lo digas!- exclamó Pinocho, que aún temblaba de miedo-. ¡No me lo recuerdes! ¡Si llegas un minuto más tarde, a estas horas estaría yo frito con patatas! ¡Uf! ¡Sólo de pensarlo me estremezco!

Chato no pudo menos de reírse, y tendió su mano derecha al muñeco que la estrechó amistosamente, y después se separaron.

El perro tomó el camino de su casa, y Pinocho se dirigió hacía una cabaña que estaba cerca de allí, y preguntó a un viejecito que se hallaba en la puerta calentándose al sol:

-Dígame, buen hombre: ¿sabe usted algo de un muchacho que fue herido en la cabeza, y que se llama Paquito?

-A ese muchacho le trajeron unos pescadores a esta cabaña; pero ya...

-¿Pero ya habrá muerto?- interrumpió Pinocho con gran dolor.

-No; ahora ya está bueno, y se ha marchado a su casa.

-¿De veras? ¿Es verdad eso?- gritó el muñeco saltando de alegría-. ¿De modo que la herida no era grave?

-Pero podía haber resultado gravísima, y aun mortal- respondió el viejecito-, porque le tiraron a la cabeza un grueso libro encuadernado en cartón.

-¿Y quién se lo tiró?

-Un compañero de escuela, llamado Pinocho.

-¿Y quién es ese Pinocho?- preguntó el muñeco, haciéndose el ignorante.

-Dicen que es un niño muy malo, un holgazán, un pícaro de tomo y lomo.

-¡Calumnias! ¡Todo eso son calumnias!

-¿Conoces a Pinocho?

De vista- contestó el muñeco.

-¿Y qué concepto tienes formado de él?

-Pues a mí me parece que es un excelente muchacho, que tiene gran amor al estudio, obediente, muy amante de su papá y de toda la familia.

Mientras el muñeco decía todas estas mentiras con la mayor frescura, se echó mano a la nariz, y observó que había crecido más de un palmo. Entonces empezó a chillar lleno de miedo:

-¡No haga usted caso de todo lo que le he dicho, buen hombre, porque conozco perfectamente a Pinocho, y puedo asegurarle también yo que es un muchacho malo, desobediente y holgazán, y que en vez de ir a la escuela se va con los compañeros a vagar por ahí! Apenas hubo terminado de decir estas palabras, se acortó su nariz, y quedó del tamaño que tenía antes.

-¿Y por que estás así pintado de blanco?- preguntó poco después el viejecito.

-Le diré a usted: sin darme cuenta, me he restregado contra un muro que estaba recién blanqueado- respondió el muñeco, dándole vergüenza confesar que había sido enharinado como un pescado, para freírle después en olla sartén.

-¿Y qué has hecho de la chaqueta, de los calzones y del gorro?

-Me he encontrado con unos ladrones que me lo han quitado todo. Dígame, buen hombre: ¿No podría usted darme, por casualidad, algo con que pudiera vestirme para volver a mi casa?

-Hijo mío, no tengo ningún traje que poder darte: solo tengo un saco pequeño para guardar chufas. Si lo quieres, mirarlo: aquí está.

No se lo hizo decir Pinocho dos veces: tomó en el acto el saco, que estaba vacío, haciéndole, con unas tijeras que pidió una abertura en el fondo y otras dos a los lados, se lo endosó a modo de camisa.

Vestido de este modo tan ligero, se dirigió a la población; pero al llegar al camino empezó a titubear, tan pronto avanzando como retrocediendo, y diciéndose para sus adentros:

-¿Cómo me presentaré a mi buena Hada? ¿Qué dirá cuando me vea? ¿Querrá perdonarme esta segunda diablura? ¡Me temo que no me la va a perdonar! ¡Oh, de seguro que no! ¡Y me estará bien empleado, porque soy un monigote que siempre estoy prometiendo corregirme, y nunca lo hago!

Entró en la población siendo ya noche cerrada; y como estaba lloviendo a cántaros, decidió ir derechito a la casa del Hada y llamar a la puerta hasta que le abrieran.

Al llegar frente a la casa sintió que le faltaba el valor, y en vez de llamar se alejó corriendo como unos veinte pasos. Volvió segunda vez, pero también se apartó sin hacer nada. Volvió tercera vez, y lo mismo. Sólo a la cuarta vez se atrevió a levantar, temblando, el llamador de hierro y a dar un golpecito muy suave.

Esperó pacientemente, y al cada de media hora se abrió una ventana del último piso (la casa tenía cuatro), y vio Pinocho asomarse un caracol muy grande, con una vela encendida en la cabeza, que preguntó:

-¿Quién llama a estas horas?

-¿Está el Hada en casa?

-El Hada está durmiendo, y no quiere que se la despierte.

-¿Quién eres tú?

-Soy yo.

-¿Quién?

-Pinocho.

-¿Qué Pinocho?

-El muñeco que vive en esta casa con el Hada.

-¡Ah, ya sé!- dijo el caracol-. ¡Espérame, que ahora bajo y te abriré en seguida!

-¡Anda de prisa, por caridad porque estoy muriéndome de frío!

-Hijo mío, yo soy un caracol, y los caracoles no tenemos nunca prisa.

Pasó una hora, y pasó otra sin que se abriera la puerta, por lo cual Pinocho, que estaba completamente calado de agua y que temblaba de frío y de miedo, cobró ánimo y llamó segunda vez, pero algo más fuerte que la primera.

A esta segunda llamada se abrió una ventana del piso de más abajo, o sea del piso tercero, y se asomó el mismo caracol.

-¡Buen caracol!- gritó Pinocho desde la calle-. Hace dos horas que estoy esperando, y dos horas con esta noche tan mala parecen dos años. ¡Date prisa, por caridad!

-¡Hijo mío!- le respondió desde la ventana aquel animal tan tranquilo y flemático-, yo soy un caracol, y los caracoles no tenemos nunca prisa.

Y volvió a cerrarse la ventana.

Sonó poco después la media noche, sonó la una, sonaron las dos, y la puerta siempre cerrada.

Entonces perdió Pinocho la paciencia, y agarró con rabia el llamador para dar un golpe que hiciera retemblar toda la casa; pero aquel llamador, que era de hierro, se convirtió en una anguila viva, que escurriéndose entre las manos desapareció en el arroyo de agua que corría por el centro de la calle.

-Sí, ¿eh?- gritó Pinocho, cada vez más lleno de cólera- ¡Pues si el llamador ha desaparecido, yo seguiré llamando a fuerza de patadas!

Y echándose un poco hacia atrás, pegó una furiosa patada en la puerta de la casa. Tan fuerte fue el golpe, que penetró el pie en la madera cerca de la mitad, y cuando el muñeco quiso sacarlo, fueron inútiles todos sus esfuerzos, porque se había introducido como si fuera un clavo.

¡Figuraos en qué postura quedó el pobre Pinocho! Tuvo que pasarse toda la noche con un pie en tierra y el otro en el aire.

Por último, al ser de día se abrió la puerta. Aquel excelente caracol no había tardado en bajar desde el cuarto piso a la calle nada más que nueve horas, y aun así llegó sudando.

-¿Qué haces con ese pie metido en la puerta?- preguntó riendo al muñeco.

-Ha sido una desgracia que me ha ocurrido. ¿Quieres probar a ver si puedes librarme de este suplicio?

-¡Hijo mío, eso es cosa del carpintero, y yo no soy carpintero!

-Díselo al Hada, de mi parte.

-El Hada está durmiendo y no quiere que se le despierte.

-Pero, ¿qué quieres que haga clavado todo el día en esta puerta?

-Entretente en contar las hormigas que pasan por el camino.

-¡Tráeme, al menos, algo de comer, porque estoy desfallecido!

-¡En seguida!- dijo el caracol.

Al cabo de tres horas y media volvió, trayendo en la cabeza una bandeja de plata, en la cual había un pan, un pollo asado y cuatro albaricoques maduros.

-¡Ahí tienes el desayuno que te envía el Hada!- dijo el caracol.

Al ver tan excelente comida se tranquilizó algo Pinocho; pero, ¡cuál no sería su desengaño cuando, al tratar de comer, se encontró con que el pan era de yeso, el pollo de cartón y los albaricoques de cera, aunque todo tan bien hecho, que parecía de verdad!

Se echó a llorar, y lleno de desesperación quiso tirar a lo lejos la bandeja de plata y todo lo que contenía; pero no llegó a hacerlo porque, fuese efecto del dolor o de la debilidad de estómago, se desmayó.

Cuando recobró el conocimiento se encontró tendido en un sofá y con el Hada a su lado.

-También te perdono por esta vez- le dijo el Hada-; pero, ¡pobre de ti si vuelves a hacer otra de las tuyas!

Pinocho prometió firmemente estudiar y ser bueno, y cumplió su promesa todo el resto del año. Cuando llegaron los exámenes que se celebraban antes de las vacaciones, tuvo el honor de ganar el primer premio: y tan satisfactorio fue en general su comportamiento, que el Hada le dijo muy contenta:

-Para celebrar tu triunfo, vamos a convidar a merendar a tus amigos.

Pinocho se puso muy contento.

Quien no haya presenciado la alegría de Pinocho al oír esta inesperada noticia, no podrá figurársela. Todos sus amigos y compañeros de escuela debían ser invitados para una merienda que había de celebrarse al día siguiente en la casa del Hada, para solemnizar el gran acontecimiento, El Hada había mandado preparar doscientas tazas de café con leche y cuatrocientos panecillos untados de manteca por dentro y por fuera. Aquella fiesta prometía ser muy alegre y divertida; pero...

Por desgracia, siempre había en la vida de aquel muñeco un pero que todo lo echaba a perder.

 

 

 

Capítulo XXX

 

 

Pinocho, se escapa con su amigo Espárrago al país de los juguetes.

 

Pinocho pidió al Hada que le permitiese dar una vuelta por la población, a fin de invitar a sus compañeros, y el Hada le dijo:

-Vete, pues, a invitar a todos tus amigos y compañeros para la merienda de mañana; pero ten cuidado de volver a casa antes de que sea de noche. ¿Has comprendido?

-Te prometo que dentro de una hora estaré de vuelta- replicó el muñeco.

-¡Ten cuidado, Pinocho! Todos los muchachos prometen en seguida, pero raras veces saben cumplir lo ofrecido.

-Pero yo no soy como los demás: cuando yo digo una cosa, la sostengo.

-¡Ya lo veremos! Si no obedeces, tanto peor para ti.

-¿Por qué?

-Porque a los niños desobedientes les pasan muchas desgracias.

-¡Ya lo sé, ya! ¡Bien caro me ha costado ser tan travieso! Pero ya he cambiado y siempre seré bueno- dijo Pinocho.

Sin decir una palabra más saludó el muñeco a la buena Hada que le servía de mamá, y cantando y bailando salió de la casa.

En poco más de una hora quedaron hechas todas las invitaciones. Algunos muchachos aceptaron en seguida y con mucho gusto; otros se hicieron rogar algo; pero cuando supieron que los panecillos con que se iba a tomar el café con leche no sólo estarían untados de manteca por dentro, sino también por fuera, acabaron por decir:

-¡Bueno; pues iremos también, por complacerte!

Ahora conviene saber que entre los amigos y compañeros de escuela Pinocho había uno a quien quería y distinguía sobre los demás.

Se llamaba este amigo Ricardo; pero todos le llamaban por el sobrenombre de Espárrago, a causa de su figura seca, enjuta y delgada como un espárrago triguero.

Espárrago era el muchacho más travieso y revoltoso de toda la escuela; pero Pinocho le quería entrañablemente; así es que no dejo de ir a su casa para invitarle a la merienda. Como no le encontró, volvió segunda vez, y tampoco; volvió una tercera, y también perdió el viaje.

¿Dónde encontrarle? Busca por aquí, busca por allí, por fin le halló escondido en el portal de una casa de labradores.

-¿Qué haces aquí?- le preguntó Pinocho, acercándose.

-Espero a que sea media noche para marcharme.

-¿Adónde?

-Lejos, lejos; muy lejos.

-¡Y yo que he ido a buscarte tres veces a tu casa!

-¿Qué me querías?

-Que mañana te espero a merendar en mi casa.

-Pero, ¿no te digo que me marcho esta noche?

-¿A qué hora?

-Dentro de poco.

-¿Y dónde vas?

-Voy a vivir en un país que es el mejor país del mundo. ¡Una verdadera Jauja!

-¿Y cómo se llama?

-Se llama "El País de los Juguetes" ¿Por qué no te vienes tú también?

-¿Yo? ¡No por cierto!

-Haces mal, Pinocho. Créeme a mí. Si no vienes, te arrepentirás algún día. ¿Donde vas a encontrar un país más sano para nosotros los muchachos? Allí no hay escuelas; allí no hay maestros; allí no hay libros. En aquel bendito país no se estudia nunca. Los jueves no hay escuela, y todas las semanas tienen seis jueves y un domingo. ¡Figúrate que las vacaciones de verano empiezan el primer día de Enero y terminan el último de Diciembre! ¡Ese es un país como a mí me gusta! ¡Así debieran ser todos los países civilizados!

-Pero, entonces, ¿cómo se pasan los días en "El País de los Juguetes"?

-Pues jugando y divirtiéndose desde la mañana hasta la noche. Después se va uno a dormir, y a la mañana siguiente vuelta a empezar.

-¿Qué te parece?

-¡Humm!- hizo Pinocho moviendo la cabeza, como si quisiera decir: ¡Esa vida también la haría yo con mucho gusto!

-¡Conque, vamos, decídete! ¿Quieres venir conmigo, si, o no?

-¡No, no y no! He prometido a mi mamá ser bueno, y quiero cumplir mi palabra. Ya se está poniendo el Sol y tengo que irme. ¡Conque adiós, y buen viaje!

-¿Adónde vas con tanta prisa?

-A casa. Mi mama me ha dicho que vuelva antes de anochecer.

-¡Espera dos minutos más!

-¡Se va a hacer tarde!

-¡Tan sólo dos minutos!

-¿Y si el Hada me regaña?

-¡Déjala que regañe! Ya se cansará, y acabará por callarse- dijo aquel bribonzuelo de Espárrago.

-Y qué, ¿te vas solo o acompañado?

-¡Solo! ¡Pues si vamos a ser más de cien muchachos!

-¿Hacéis el viaje a pie?

-No. Dentro de poco pasará por aquí el coche que ha de llevarnos a ese delicioso país.

-¡Daría cualquier cosa por que pasara ahora ese coche!

-¿Para qué?

-Para veros marchar a todos juntos.

-Pues quédate un poco más, y podrás verlo.

-¡No, no! ¡Me voy a mi casa!

-¡Espera otros dos minutos!

-He perdido mucho tiempo. El Hada estará ya con cuidado.

-¡Dichosa Hada! ¿Es que tiene miedo de que te coman los murciélagos?

-Pero, dime la verdad- preguntó Pinocho, que parecía estar pensativo-: ¿estás bien seguro de que en aquel país no hay escuelas?

-¡Ni sombra de ellas!

-¿Ni maestros tampoco?

-¡Mucho menos!

-¿Y no hay obligación de estudiar?

-¡Ni por asomo!

-¡Qué país tan hermoso!- dijo Pinocho, haciéndosele la boca agua-. ¡Qué país tan hermoso! Yo no he estado nunca, pero me lo figuro.

-¿Por qué no te vienes?

-Es inútil que quieras convencerme. He prometido a mi mamá ser un muchacho juicioso, y no quiero faltar a mi palabra.

-Pues entonces, adiós, y muchos recuerdos a todos los amigos y compañeros de escuela.

-Adiós, Espárrago; que tengas buen viaje; diviértete mucho, y que te acuerdes alguna vez de los amigos.

Dicho esto se separó el muñeco y anduvo dos pasos, como para marcharse; pero se paró de pronto, y volviéndose hacia su amigo le preguntó.

-Pero, ¿estás bien?,  ¿seguro de que en aquel país todas las semanas tienen seis jueves y un domingo?

-¡Segurísimo!

-¿Y sabes también de cierto que las vacaciones de verano empiezan el primer día de Enero y terminan el último de Diciembre?

-¡Claro que lo sé!

-¡Qué hermoso país!- repitió Pinocho como para consolarse.

Por último, hizo un esfuerzo y dijo apresuradamente:

-¡Vaya, adiós, y buen viaje!

-¡Adiós!

-¿Cuándo os vais?

-Dentro de poco.

-¡Qué lástima! ¡Si sólo faltase una hora, me esperaba para veros marchar!

-¿Y el Hada?

-De todos modos, ya se ha hecho tarde. Lo mismo da que llegue una hora antes que una hora después.

-¡Pobre Pinocho! ¡Y si el Hada te regaña!

-¡Psssch...! Después de todo acabará por cansarse y se callará.

Mientras tanto se había hecho completamente de noche. A poco rato vieron moverse a lo lejos una lucecita, y oyeron ruido de cascabeles y el sonido de una bocina; pero tan débil, que parecía un zumbido.

-¡Aquí está!- gritó Espárrago, poniéndose de pie.

-¿Qué es?- preguntó Pinocho en voz baja.

-El coche que viene por mí. ¡Te vienes por fin, o no!

-Pero, ¿es de verdad, de verdad- preguntó el muñeco-, que en aquel país no tienen que estudiar los niños?

-¡Nunca, nunca, nunca!

-¡Qué hermoso país!- repitió Pinocho-, ¡Que hermoso país!

 

 

 

Capítulo XXXI

 

 

Después de cinco meses de vagancia nota Pinocho con gran asombro que le ha salido un magnífico par de orejas de asno, y acaba por convertirse en un borriquito, con cola y todo.

 

Poco después llegó la diligencia sin hacer el menor ruido, por que las ruedas llevaban gruesas llantas de goma.

Tiraban de ella doce pares de borricos, todos de igual alzada, aunque de diferente pelo. Los había rucios, pardos, blancos; otros con pintas blancas y negras, y otros con rayas amarillentas o de color canela.

Pero lo más singular es que aquellos doce pares, o sean los veinticuatro pollinos, en vez de llevar herraduras como todos los demás animales de tiro o de carga, llevaban botas de cuero como las que usan los hombres.

¿Y el conductor de la diligencia? Figuraos un hombrecillo más ancho que alto, gordo y reluciente como una bola de sebo, con semblante bonachón, una boquita siempre riendo, y una vocecita fina y acariciadora, como el maullido de un gato cuando quiere que su ama le haga fiestas.

Todos los muchachos que le veían quedaban enamorados de él y deseaban que les permitiera subir al coche para ser conducidos a aquella verdadera Jauja, conocida en el mapa con el nombre seductor de "El País de los Juguetes".

La diligencia venía ya llena de muchachos de ocho a doce años de edad, que iban amontonados unos sobre otros como sardinas en banasta. Estaban apretados e incómodos; pero a ninguno se le ocurría lamentarse ni decir ¡ay! La esperanza de llegar a un país donde no había escuelas, maestros ni libros, los tenía tan contentos, que no sentían ni los vaivenes y golpes de la marcha, ni el hambre, ni la sed, ni el sueño.

Apenas se detuvo el coche, aquel hombrecillo se volvió hacia Espárrago, y con extremada zalamería le dijo sonriendo:

-Dime, guapo chico, ¿quieres venirte a este afortunado país?

-¡Ya lo creo que quiero ir!

-Pero te advierto, querido, que ya no hay sitio en el coche. Como ves, está completamente lleno.

-¡Paciencia!- dijo Espárrago- Si no puedo ir dentro, iré en el estribo.

Y dando un salto, se puso a caballo sobre el estribo.

-¿Y tú, hijo mío?- dijo el hombrecillo volviéndose muy cariñoso hacia Pinocho- ¿Qué piensas hacer? ¿Quieres venirte también?

-No; yo me quedo-respondió Pinocho-. Quiero volver a mi casa; quiero estudiar y ser el primero en la escuela, como deben ser los niños buenos.

-¡Pues que te aproveche!

-¡Pinocho!- gritó entonces Espárrago-. ¡Sigue mi consejo: vente con nosotros, y seremos felices!

-¡No, no y no!

-¡Vente con nosotros, Y seremos felices!- gritaron otras cuantas voces dentro de la diligencia.

-¿Y si me voy con vosotros, qué va a decir mi mamá?- exclamó Pinocho, que ya empezaba a dejarse convencer.

¡No te quiebres la cabeza pensando en eso! ¡Mira que vamos a un país donde podremos hacer todo lo que queramos desde la mañana hasta la noche!

Pinocho no respondió y lanzó un gran suspiro; después dio otro suspiro; luego dio otro mayor aún, y por fin dijo:

-¡Ea, me voy con vosotros! ¡Hacedme un sitio!

-Está todo ocupado- dijo entonces el hombrecillo-; pero, para demostrarte cuánto me alegro de que vengas, te cederé mi puesto en el pescante.

-¿Y usted?

-Yo haré el camino a pie.

¡No, no lo permito! Prefiero ir montado en uno de estos borriquillos- contestó Pinocho.

Y uniendo la acción a la palabra, se acercó al pollino que ocupaba la izquierda de la primera pareja y quiso saltar sobre él; pero el animal, volviendo la grupa, le pegó una coz en el estómago que le hizo volar por el aire.

Figuraos las impertinentes carcajadas que lanzarían todos los muchachos que presenciaban la escena.

El único que no se rió, aparte de Pinocho, fue el hombrecillo, que, bajándose del pescante, se acercó al burro rebelde, y haciendo ademán de darle un beso, le arrancó de un solo bocado la mitad de la oreja derecha.

Mientras tanto Pinocho se levantó del suelo, encolerizado, Y saltó sobre el lomo del pobre animal. El salto fue tan limpio y rápido, que los muchachos, entusiasmados, dejaron de reír y empezaron a gritar: ¡Viva Pinocho!, a la vez que aplaudían frenéticamente.

Pero hete aquí que de pronto levantó el burro las dos patas traseras, y dando una sacudida, lanzó al muñeco sobre un montón de grava a un lado del camino.

Entonces comenzaron de nuevo las risas; pero tampoco se rió el hombrecillo, sino que le entró tanto cariño hacia aquel inquieto borriquillo, que, dándole un nuevo beso, le arrancó la mitad de la oreja izquierda.

-Monta otra vez a caballo, y no tengas ya miedo. Sin duda este burro tenía alguna mosca que le molestaba; pero ya le he dicho dos palabritas en las orejas, y creo que se habrá vuelto manso y razonable.

Montó Pinocho, y la diligencia comenzó a moverse; pero mientras galopaban los pollinos y la diligencia rodaba por la carretera, le pareció al muñeco que oía una voz humilde y apenas inteligible, que le decía:

-¡Eres un insensato! ¡Has querido hacer tu voluntad, y algún día te pesará!

Lleno de miedo, Pinocho miró por todos lados para saber de dónde venían aquellas palabras; pero no vio a nadie. Los pollinos galopaban, la diligencia rodaba, los muchachos dormían dentro de ella; Espárrago mismo roncaba como un lirón, y el hombrecillo, sentado en el pescante, cantaba entre dientes:

« ¡Todos duermen por la noche;

Pero no me duermo yo!»

Pasado otro medio kilómetro, volvió Pinocho a sentir la misma voz, que decía:

-Eres un idiota y un majadero. ¡Los niños que abandonan el estudio, la escuela y el maestro, para no pensar en otra cosa que en jugar y divertirse, acaban siempre mal! Yo puedo decirlo, porque lo se por experiencia. ¡Llegará un día en que tendrás que llorar, como yo lloro hoy; pero entonces será tarde!

 

Al oír estas palabras, dichas en voz apenas perceptible, saltó el muñeco al suelo lleno de temor, y acercándose al pollino en que iba montado, le agarró por las riendas, observando con asombro que aquel animal lloraba como un chiquillo.

-¡Eh, señor cochero! -gritó entonces Pinocho al conductor de la diligencia-. ¿Sabe usted que este pollino está llorando?

-¡Déjalo que llore; otra vez le dará por reír!

-Pero, ¿es que sabe también hablar?

-No; sólo aprendió a decir alguna que otra palabra por haber estado durante tres años en una compañía de perros sabios.

-¡Pobre animal!

-¡Vaya, en marcha! -dijo el hombrecillo-. ¡No perdamos el tiempo en ver llorar a un burro! Monta a caballo y vámonos, que la noche es fresca y el camino es largo.

Pinocho montó de nuevo sin rechistar. La diligencia se puso en marcha, y a la mañana siguiente llegaron felizmente a «El País de los Juguetes».

Este país no se parecía a ningún otro del mundo. Toda su población estaba compuesta de muchachos: los más viejos no pasaban de catorce años; los más jóvenes tendrían ocho. En las calles había una alegría, un bullicio, un ruido, capaces de producir dolor de cabeza. Por todas partes se veían bandadas de chiquillos que jugaban al marro, al chato, a la gallina ciega, a los bolos, al peón; otros andaban en velocípedos o sobre caballitos de cartón; algunos, vestidos de payasos, hacían como si comieran estopa encendida; otros corrían y daban saltos mortales, o andaban sobre las manos con las piernas por alto; otros recitaban en voz alta, cantaban, reían, daban golpes, jugaban al aro o a los soldados, produciendo tal algarabía, tal estrépito, que era preciso ponerse algodón en los oídos para no quedarse sordo.

Por toda la plaza se veían teatros de madera, llenos de muchachos desde la mañana hasta la noche, y en todas las paredes de las casas abundaban, escritos con carbón, letreros tan salados como los siguientes: ¡Vivan los gugetes! (en vez de ¡Vivan los juguetes!), ¡no Queresmoseskuela! (en vez de ¡No queremos escuela!) ¡Habajo Larin Metica! (en vez de ¡Abajo la Aritmética!), y otros por el estilo.

Apenas Pinocho, Espárrago y todos los demás muchachos que habían hecho el viaje con el hombrecillo, pusieron el pie dentro de la ciudad, se lanzaron entre aquella barahúnda, y, como es de suponer, pocos minutos después se habían hecho amigos de todos los que allí había.

¿Quién podría considerarse más feliz que ellos? Entre aquella constante fiesta, llena de tan variadas diversiones, pasaban como relámpagos las horas, los días y las semanas.

-¡Oh, qué vida tan buena! -decía Pinocho cada vez que se encontraba con Espárrago.

-¿Ves como yo tenía razón? -respondía siempre este último- ¡Y decir que no querías venirte y que se te había metido en la cabeza volver a la casa de tu Hada, para perder el tiempo estudiando! Si; ahora estás libre de ese fastidio de libros y de escuela, me lo debes a mí, a mis consejos, ¿no es así? ¡Sólo los verdaderos amigos somos capaces de hacer estos grandes favores!

-¡Es verdad! Si ahora estoy tan contento y feliz, a ti te lo debo, sólo a ti. ¿Y sabes, en cambio, lo que me decía el maestro cuando hablaba de ti? Pues me decía siempre: « ¡No andes mucho con ese bribón de Espárrago, porque es un mal compañero que no puede aconsejarte nada bueno!»

-¡Pobre maestro! -replicó el otro moviendo la cabeza-. ¡Demasiado sé que me tenía rabia y que no perdía ocasión de calumniarme; pero yo soy generoso, y le perdono!

-¡Qué alma tan grande! -dijo Pinocho, abrazando afectuosamente a su amigo y besándole con el mayor cariño.

Cinco meses hacia que habían llegado al país; cinco meses de jugar y divertirse durante todo el día, sin abrir un solo libro, sin ir a la escuela, cuando una mañana tuvo Pinocho, al despertar, una sorpresa tan desagradable que le puso de muy mal humor.

 

 

 

Capítulo XXXII

 

 

Le nacen a Pinocho orejas de burro, después se convierte en verdadero pollino y empieza a rebuznar.

 

 

¿Cuál fue la sorpresa?

Voy a decíroslo, queridísimos lectorcitos; la sorpresa fue que al despertarse Pinocho le vino en gana rascarse la cabeza, y al llegarse a ella las manos, se encontró...

¿A que no acertáis lo que se encontró?

Pues se encontró, con gran sorpresa de su parte, con que le habían crecido las orejas más de una cuarta.

Ya sabéis que desde que nació, el muñeco tenía unas orejitas muy chiquitinas, que apenas se le veían. Figuraos cómo se quedaría cuando, al tocar con las manos, se encontró con que aquellas orejitas habían crecido tanto durante la noche, que parecían dos soplillos. Acudió en busca de un espejo para mirarse, y no encontrando ninguno, llenó de agua la palangana de su lavabo, y entonces pudo ver lo que nunca hubiera querido contemplar: vio su propia imagen adornada con un magnífico par de orejas de burro.

¡Cómo expresar el dolor, la vergüenza y la desesperación del pobre Pinocho!

Empezó a llorar, a gritar y a darse de cabezadas contra la pared; pero cuanto más se desesperaba, más crecían sus orejas, y crecían, crecían, a la vez que iban cubriéndose de pelo por la punta.

A los gritos de Pinocho entró en la habitación una linda marmota que vivía en el piso de arriba, y viendo el desconsuelo del muñeco, le preguntó con interés:

-¿Qué es eso, querido vecino?

-¡Que estoy malo, amiga marmota, muy malo, y con una enfermedad que me da mucho miedo! ¿Sabes tomar el pulso?

- Un poco.

-¡Mira si tengo fiebre por casualidad!

La marmota levantó una de las patas delanteras, y después de tomar el pulso a Pinocho, le dijo suspirando:

-¡Amigo mío, siento mucho tenerte que dar una mala noticia!

-¿Cuál es?

-¡Qué tienes una fiebre muy mala!

-¿Y qué clase de fiebre es?

-¡Es la fiebre del burro!

- No comprendo qué fiebre es esa - respondió el muñeco, que, sin embargo, se iba figurando lo que era.

- Yo te lo explicaré - dijo la marmota -. Sabe, pues, que dentro de dos o tres horas ya no serás un muñeco ni un niño.

- Pues, ¿qué seré?

- Dentro de dos o tres horas te convertirás en un verdadero pollino; tan verdadero como los que tiran de un carro o llevan las hortalizas al mercado.

- ¡Oh! ¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! - gritó Pinocho, agarrándose las orejas con ambas manos y tirando de ellas rabiosamente, como si fueran ajenas.

- Querido mío - dijo entonces la marmota para consolarle- ¿qué le vas a hacer? ¡Todo es ya inútil! En el libro de la sabiduría está escrito que todos los muchachos holgazanes, que teniendo odio a los libros, a la escuela y a los maestros, se pasan los días entre juegos y diversiones, tienen que acabar por convertirse, más pronto o más tarde, en pollinos.

- Pero, ¿es cierto eso? - preguntó el muñeco sollozando.

Ya lo creo que es cierto. Y ahora ya es inútil que llores. Ya no tiene remedio.

-¡Pero si yo no tengo la culpa: créelo marmotita; la culpa es toda de Espárrago!

-¿Y quién es ese Espárrago?

- Un compañero mío de escuela. Yo quería volver a mi casa, quería ser obediente y seguir estudiando; pero él me dijo: ¿Por qué quieres fastidiarte pensando en estudiar y en ir a la escuela? ¡Vente mejor conmigo a "El País de los Juguetes"; allí no estudiaremos más, nos divertiremos desde la mañana hasta la noche, y estaremos siempre contentos!

-¿Y por qué seguiste el consejo de aquel falso amigo, de aquel mal compañero?

-¿Por qué? Porque mira, marmotita mía: yo soy un muñeco sin pizca de juicio y sin corazón. ¡Oh! ¡Si yo hubiera tenido tanto así de corazón (y señaló con el pulgar sobre el índice), no hubiera abandonado a aquella preciosa Hada, que me quería como una mamá, y que tanto había hecho por mí! ¡Oh! ¡Pero si encuentro a Espárrago pobre de él! ¡Yo le diré lo que no querrá oír!

Y quiso salir de la habitación; pero al llegar a la puerta se acordó de sus orejas de burro, y dándole vergüenza mostrarse en público con aquel adorno. ¿Sabéis lo que discurrió? Pues se hizo un gran gorro de papel y se lo puso en la cabeza, cubriéndose las orejas por completo.

Después salió, y se dedicó a buscar a su amigo por todas partes. Le buscó en la calle, en la plaza, en los teatros, por todas partes, sin poder hallarle. Pidió noticias de él a cuantos encontró; pero nadie le había visto.

Entonces fue a buscarle a su casa y llamó a la puerta.

-¿Quién es?- preguntó Espárrago desde dentro.

-¡Soy yo!- respondió el muñeco.

- Espera un poco, y te abriré.

Media hora después se abrió la puerta, y figuraos cuál sería el asombro de Pinocho cuando, al entrar en la habitación, vio a su amigo con un gran gorro de papel en la cabeza, que le cubría casi hasta los ojos y por detrás bajaba hasta el cuello.

A la vista de aquel gorro sintió Pinocho una especie de consuelo, y pensó inmediatamente:

-¿Tendrá la misma enfermedad que yo? ¿Estará también con la fiebre del burro?

Y fingiendo no haber notado nada, preguntó sonriendo:

-¿Cómo estás, querido?

-¡Perfectamente bien; como un ratón dentro de un queso de bola!

-¿Lo dices en serio?

-¿Y por qué había de mentir?

- Dispénsame, amigo. ¿Y por qué tienes puesto ese gorro de papel que te tapa hasta las orejas?

- Me lo ha mandado el médico, por haberme hecho daño en una rodilla. Y tú, querido Pinocho, ¿por qué llevas ese gorro de papel que te cubre hasta las orejas?

- Me lo ha mandado el médico, porque me ha picado un mosquito en un pie.

-¡Oh, pobre Pinocho!

-¡Oh, pobre Espárrago!

Siguió a estas frases un largo silencio, durante el cual los dos amigos no hacían más que mirarse burlonamente.

Finalmente, el muñeco dijo con voz meliflua a su compañero:

- Por curiosidad tan sólo; querido Espárrago, ¿quieres decirme si has tenido alguna enfermedad en las orejas?

-¡Nunca! ¿Y tú?

-¡Nunca! Pero esta mañana me ha molestado un poco una de ellas.

También a mí me ha sucedido lo mismo.

-¿A ti también? ¿Y qué oreja es la que te duele?

- Las dos. ¿Y a ti?

- Las dos. ¿Será acaso la misma enfermedad?

-¡Me temo que sí!

-¿Quieres hacerme un favor?

- Con mucho gusto.

¿Quieres enseñarme tus orejas?

-¿Por qué no? Pero antes quiero ver las tuyas, querido Pinocho.

-¡No; tú debes ser el primero!

-¡No, querido; primero tú y después yo!

- Pues bien - dijo entonces el muñeco -; vamos a hacer un trato.

-¡Hagamos el trato!

- Quitémonos ambos el gorro al mismo tiempo. ¿Aceptado?

¡Aceptado!

-¡Pues atención!

Y Pinocho comenzó a contar en voz alta:

-¡Una, dos, tres!

Al decir esta última palabra, los dos muchachos se quitaron los gorros de la cabeza y los arrojaron al aire.

Entonces ocurrió una escena que parecía increíble, si no supiéramos que sucedió realmente. Ocurrió que cuando Pinocho y Espárrago vieron que los dos padecían de la misma enfermedad, en vez de sentirse mortificados y llenos de dolor, empezaron a mirarse uno a otro burlonamente las desmesuradas orejas, y acabaron por reírse a carcajadas.

Tanto rieron, que ya les dolían las mandíbulas; pero en lo mejor de la risa sucedió que de pronto Espárrago cesó de reír, cambió de color, y bamboleándose dijo a su amigo:

-¡Ayúdame, Pinocho, ayúdame!

-¿Qué te pasa?

-¡Que no puedo sostenerme sobre las piernas!

-¡Tampoco puedo yo! - gritó Pinocho temblando y tratando de mantenerse derecho.

Cuando esto decían, arquearon uno y otro la espalda, apoyaron las manos en el suelo, y de esta manera, andando a cuatro pies, comenzaron a correr y a dar vueltas por la habitación. Mientras corrían, los brazos se convirtieron en patas, las caras se alargaron convirtiéndose en cabezas de asno, y el cuerpo se les cubrió de un pelaje gris claro con pintas y rayas negras.

Pero ¿Sabéis cuál fue el peor rato que sufrieron aquellos desgraciados? Pues el rato peor y más humillante fue cuando notaron que empezaba a salirles la cola por detrás. Llenos de vergüenza y de dolor trataron de llorar y de lamentarse de su suerte.

¡Nunca lo hubieran hecho! En vez de sollozos y de lamentos lanzaban solamente rebuznos, y rebuznando sonoramente, decían a dúo: ¡Hi-haaa! ¡Hi-haaa! ¡Hi-haaa!

En el mismo instante llamaron a la puerta, y una voz dijo desde fuera:

-¡Abrid! ¡Soy el hombrecillo; soy el conductor del coche que os trajo a este país!

¡Abridme pronto, o si no, pobres de vosotros!

 

 

ContinĂșa en Pinocho 4

 

Carlo Collodi

 

 

 

 

 

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