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Pinocho segunda parte
Capítulo XVIII
Pinocho vuelve a encontrarse con la zorra y el gato, y se va con ellos a sembrar sus cuatro monedas en el Campo de los Milagros.
Como podéis suponer, el Hada dejó que el muñeco llorase y gritase durante más de media hora porque con aquellas narizotas no podía salir de la habitación. Lo hizo así para darle una lección y para que se corrigiera del vicio de mentir, el vicio más feo que puede tener un niño. Pero cuando ya le vio tan desesperado que se le salían los ojos de las órbitas, tuvo lástima de él y dio unas palmadas. A esta señal entraron en la habitación unos cuantos millares de esos pájaros que se llaman picos o carpinteros, porque pican en la madera de los árboles y posándose todos ellos en la nariz Pinocho, empezaron a picarla de tal manera, que en pocos minutos aquella nariz enorme volvió a su tamaño anterior. -¡Qué buena eres, Hada, y cuánto te quiero!- dijo el muñeco, enjuagándose los ojos. -Yo también te quiero mucho- respondió el Hada-; y si quieres quedarte conmigo, serás mi hermanito y yo seré para ti una buena hermanita. -Yo sí quisiera quedarme; pero; ¿y mi pobre papá? -Ya he pensado en eso. He ordenado que le avisen y antes de media noche estará aquí. -¿De veras?-grito Pinocho saltando de alegría-. Entonces, Hada preciosa, si te parece bien, iré a buscarle ¡Tengo muchas ganas de darle un beso al pobre viejecito que tanto ha sufrido por mi! -Bueno; pues vete. Pero cuidado con perderte. Toma el camino del bosque, y así le encontrarás seguramente. Pues a la zorra y al gato; o sea a aquellos dos compañeros de viaje con los cuales había cenado en la posada de El Cangrejo Rojo. -¡Pues si es nuestro querido Pinocho!- gritó la zorra, abrazándole y besándole-. ¿Qué haces por aquí? -¿Qué haces por aquí?- repitió el gato. -Es largo de contar-dijo el muñeco-. Pero ante todo os diré que la otra noche, cuando me dejasteis en la posada, me salieron al camino unos ladrones. -¿Unos ladrones? ¿Pero es de veras? ¡Pobre Pinocho! ¿Y qué querían? -Querían robarme las monedas de oro. -¡Qué granujas!-dijo la zorra. -¡Qué grandísimos granujas!- repitió el gato. -Pero yo me escapé- continuó contando el muñeco-, y ellos siempre detrás, hasta que me alcanzaron y me colgaron en una rama de aquella Encina. Y Pinocho señaló la Encina grande, que estaba a dos pasos de distancia. -¡Que atrocidad!- exclamó la zorra-. ¡Qué mundo tan malo! ¡Parece mentira que haya gente así! ¿Dónde podremos vivir tranquilas las personas decentes? -¿Qué has hecho de tu zarpa?-le preguntó. Quiso contestar el gato pero se hizo un lío, y entonces intervino la zorra con destreza diciendo: -Mi amigo es demasiado modesto, y por eso no se atreve a contarlo. Yo lo contaré. Sabrás cómo hace una hora próximamente que nos hemos encontrado en el camino un lobo viejo, casi muerto de hambre. Que nos ha pedido una limosna. No teniendo nada que darle, ¿sabes lo que ha hecho este amigo mío, que tiene el corazón más grande del mundo? Pues se ha cortado de un mordisco la zarpa derecha, y se la ha echado al pobre lobo para que se desayunara. Y al terminar su relato la zorra se enjugó una lágrima. También Pinocho estaba conmovido. Se acercó al gato y le dijo al oído: -¡Si todos los gatos fueran como tú, qué felices vivirían los ratones! -¿Y qué haces ahora por estos lugares?- preguntó la zorra al muñeco. -Esperando a mi papá, que debe de llegar de un momento a otro. -¿Y tus monedas de oro? -Las tengo en el bolsillo, menos una que gasté en la posada de El Cangrejo Rojo. -¡Y pensar que en vez de cuatro monedas podrían ser mañana mil o dos mil! ¿Por qué no sigues mi consejo? ¿Por qué no vamos a sembrarlas en el Campo de los Milagros? -Hoy es imposible; iremos otro día. -Otro día será tarde-dijo la zorra. -¿Por qué? -Porque ese campo ha sido comprado por un gran señor, que desde mañana no permitirá que nadie siembre dinero. -¿Cuánto hay desde aquí hasta el Campo de los Milagros? -No llega a dos kilómetros. ¿Quieres venir? Tardamos en llegar una media hora; siembras en seguida las cuatro monedas, a los pocos minutos recoges dos mil, y te vuelves con los bolsillos bien repletos. ¿Qué? ¿Vienes? Pinocho vaciló antes de contestar, porque se acordó de la buena Hada, del viejo Geppetto y de los consejos del grillo-parlante; pero terminó por hacer lo mismo que todos los muchachos que no tienen pizca de juicio ni de corazón; acabo por rascarse la cabeza y decir a la zorra y al gato: -¡Bueno; me voy con vosotros! Y marcharon los tres juntos. Después de haber andado durante medio día llegaron a un pueblo que se llamaba "Engañabobos". Apenas entraron, vio Pinocho que en todas las calles abundaban perros flacos y hambrientos que se estiraban abriendo la boca, ovejas sucias y peladas que temblaban de frío, gallos y gallinas sin cresta y medio desplumados, que pedían de limosna un grano de maíz; grandes mariposas que ya no podían volar por haber vendido sus preciosas alas de brillantes colores, pavo reales avergonzados por el lastimoso estado de su cola y faisanes que lloraban la pérdida de su brillante plumaje de oro y plata. Entre aquella multitud de mendigos pasaba de vez en cuando alguna soberbia carroza llevando en su interior ya una zorra, ya una urraca ladrona o algún pajarraco de rapiña. -¿Y dónde está el Campo de los Milagros?- preguntó Pinocho. -A dos pasos de aquí. Atravesaron la ciudad, y al salir de ella se metieron por un campo solitario, pero que se parecía como un huevo a otro a todos los demás campos del mundo. -Ya hemos llegado- dijo la zorra al muñeco-; ahora haz con las manos un hoyo en la tierra, y mete en el las cuatro monedas de oro. Pinocho obedeció: hizo el hoyo, colocó dentro las cuatro monedas que le quedaban y las cubrió con tierra. Pinocho fue al arroyo; pero como no tenía a mano ningún cubo se quitó uno de los zapatos y lo llenó de agua, con la cual regó la tierra del hoyo. Después preguntó: -¿Hay que hacer algo más? -Nada más respondió la zorra-; ahora ya podemos irnos. Tú te vas a la ciudad, y cuando hayas estado allí unos veinte minutos, vienes otra vez, y encontrarás que ya ha nacido el arbolito, con todas las ramas cargadas de monedas de oro. -No queremos ningún regalo- respondieron aquel par de bribones-; sólo con haberte enseñado el modo de hacerte rico sin trabajo alguno, estamos más contentos que unas Pascuas. Dicho esto saludaron a Pinocho, y deseándole una buena cosecha, se marcharon.
Capítulo XIX
Roban a Pinocho sus monedas de oro, y además le tienen cuatro meses en la cárcel.
Cuando Pinocho volvió a la ciudad, empezó a contar los minutos uno a uno y ya que creyó que había pasado el tiempo necesario, se puso de nuevo en marcha hacia el Campo de los Milagros. Andaba con paso rápido, y sentía que su corazón palpitaba con más fuerza que de costumbre, haciendo "tic-tac; tic-tac", como un reloj en marcha. Mientras tanto, pensaba en su interior: -¡Qué chasco, si me encontrara con que las ramas del árbol tienen dos mil monedas en vez de mil! ¿Y si en vez de dos mil fueran cinco mil? ¿Y si en vez de cinco mil fueran cien mil? ¡Entonces sí que sería un gran señor! ¡Tendría un magnífico palacio, y mil caballitos de cartón en muchas cuadras, automóviles, aeroplanos, y una despensa llena de mantecadas, de almendras garapiñadas, de bombones, de pasteles y de caramelos de los Alpes! Así fantaseando vio de lejos el Campo de los Milagros, y lo primero que hizo fue mirar si había algún arbolito que tuviera las ramas cargadas de monedas; pero no vio ninguno. Anduvo unos cien pasos más, y nada; entró en el campo, y llegó hasta el mismo sitio donde había hecho el hoyo para enterrar sus monedas de oro; pero, nada, nada y siempre nada. Entonces se quedó pensativo e inquieto y, olvidando las reglas de urbanidad y de buena crianza, sacó una mano del bolsillo y se rascó largo rato la cabeza. En aquel instante llegó a sus oídos una gran carcajada, se volvió y vio en las ramas de un árbol un viejo papagayo que estaba arreglándose con el pico las escasas plumas que le quedaban. -¿Por qué te ríes?- le preguntó Pinocho encolerizado. -Me río, porque al peinarme las plumas me he hecho cosquillas debajo del ala. -¡Pero, vamos a ver, papagayo grosero!- gritó exasperado Pinocho-, ¿se puede saber de qué te ríes? -¡Me río de los tontos que creen todas las patrañas que se les cuenta, y que se dejan engañar estúpidamente por el primero que llega! -¿Lo dices por mí? -Sí, lo digo por ti, pobre Pinocho, por ti, que eres tan simple, que has podido creer que el dinero se siembra en el campo y se recoge después, como se hace con las judías y con las patatas. Yo también lo creí una vez, Y por eso estoy hasta sin plumas. Ahora ya sé, aunque tarde, que para tener honradamente unas pesetas hay que saber ganarlas con el propio trabajo, sea en un oficio manual o con el esfuerzo de la inteligencia. -No te comprendo- dijo el muñeco, que empezaba a temblar de miedo. -Me explicaré mejor- continuó el papagayo-. Sabe, pues, que mientras tú estabas en la ciudad, volvieron a este campo la zorra y el gato, desenterraron las monedas y escaparon después como si los llevase el viento. ¡Lo que es ya, cualquiera les alcanza! Pinocho se quedó como quien ve visiones; mas, no queriendo creer lo que le había dicho el papagayo, comenzó a cavar con las manos la tierra que había regado, y cava que cava, abrió un boquete tan grande como una cueva. Pero las monedas no parecían. Lleno de desesperación, volvió corriendo a la ciudad, y se fue derechito a presentarse ante el juez para denunciar a los dos ladrones que le habían robado sus monedas. El juez era un mono de la familia de los gorilas: un mono viejo; muy respetable por su aspecto grave, por su barba blanca, y sobre todo por unos anteojos de oro sin cristales, que usaba desde hacía dos anos, porque padecía una enfermedad de la vista. Cuando Pinocho estuvo en presencia del juez, contó el engaño de que había sido víctima; dijo los nombres y apellidos y señas personales de los ladrones, y terminó por pedir justicia. El juez le escuchó con mucha bondad, poniendo gran atención en lo que el muñeco refería. Se notó claramente que se enternecía con aquel relato y que sentía verdadera compasión. Cuando Pinocho hubo terminado, alargó la mano y tocó una campanilla. A esta llamada aparecieron dos perros mastines, vestidos de guardias. -A este pobre diablo le han robado cuatro monedas de oro; así, pues, prendedle, y a la cárcel con él. Se quedó Pinocho estupefacto al oír esta sentencia. Quiso protestar; pero no pudo, porque los guardias, para no perder el tiempo inútilmente, le taparon la boca y le llevaron a la cárcel. Allí permaneció cuatro meses, cuatro interminables meses, y aún hubiera estado mucho más tiempo, si no hubiese sido por un acontecimiento afortunado. Pues, señor, sucedió que el joven emperador que reinaba en la ciudad de Engañabobos, para solemnizar una gran victoria que había conseguido: sobre sus enemigos, ordenó que se celebrasen grandes festejos públicos: iluminaciones, fuegos artificiales, carreras de caballos y de bicicletas; y para demostrar su clemencia, dispuso que se abrieran las cárceles y que se pusiera en libertad todos los bribones. Entonces dijo Pinocho al carcelero: -Si salen de la cárcel los demás presos, yo también quiero salir. -Tú no puedes salir, porque no figuras en el número de los... -Dispense usted-interrumpió Pinocho-; yo soy también un bribón. -¡Ah, ya! En ese caso, tiene usted mucha razón- contestó respetuosamente el carcelero, quitándose la gorra. Y abriendo la puerta de la cárcel, dejó salir a Pinocho, haciéndole una profunda reverencia.
Capítulo XX
Libre ya de la prisión, trata de volver a la casa del Hada; pero encuentra en el camino una terrible serpiente y después queda preso en un cepo.
Figuraos la alegría de Pinocho al encontrarse en libertad. Sin detenerse un momento salió corriendo de la ciudad, y tomó el camino que debía conducirle a la casita del Hada. Había llovido mucho, y el camino tenía una cuarta de fango. Los pies de Pinocho se hundían en barro hasta el tobillo. Pero el muñeco no hacía caso de esto. Con el deseo de volver al lado de su padre y de su hermanita, la hermosa niña de los cabellos azules, corría a saltos como un galgo, y las salpicaduras del barro le llegaban hasta el gorro. -Pero, ¡cuántas desgracias me han ocurrido! ¡Y todo me lo tengo merecido, porque soy un muñeco testarudo y travieso! ¡Siempre quiero salirme con la mía, sin atender los consejos de los que me quieren bien, y tienen además mil veces más juicio y más experiencia que yo! ¡Pero lo que es ahora sí que me propongo cambiar de vida y ser un niño bueno y obediente! Ya estoy convencido de que los chicos desobedientes acaban siempre mal. ¿Me estará esperando mi papá? ¿Estará en la casita con el Hada? ¡Pobrecillo! ¿Cuánto tiempo hace que no le veo y que no tengo ni siquiera el consuelo de darle un beso? ¿Y mi preciosa hermanita? ¿Me habrá perdonado lo malo que he sido? ¡Y pensar que le debo tantos favores, que me ha cuidado tan bien, y que me salvó la vida!... ¡No; si es imposible que haya niño más ingrato y descastado que yo! Al terminar de decir esto se detuvo asustado y dio unos pasos hacia atrás. ¿Qué había sucedido? Pues que había visto en medio del camino una terrible serpiente de piel verde con los ojos de fuego, y cuya cola, dirigida hacia el cielo, echaba humo como una chimenea imposible describir el terror que sintió el muñeco. Se alejó algo más de medio kilómetro, y se sentó sobre un montón de grava esperando que la serpiente tuviera que marcharse a sus quehaceres o tuviera que ir a algún recado y dejara libre el paso. Esperó una hora, dos horas, tres horas; pero la serpiente, por lo visto, vivía de sus rentas y no tenía nada que hacer en todo el día. El caso es que continuaba allí, y Pinocho veía desde lejos el brillo de sus ojos de fuego y el humo que salía de su cola. Entonces Pinocho, creyendo que tendría valor suficiente, se acerco hasta pocos pasos de distancia, saludó a la serpiente con una ceremoniosa reverencia, y con vocecita insinuante y afectuosa le dijo: -Dispense usted, señora serpiente: "¿sería usted tan amable que se apartara un poquitín para dejarme pasar?" ¡Cómo si se lo hubiera dicho a una pared! Pinocho insistió con tono aún más amable: -Usted me perdonará, señora serpiente, pero es que vuelvo a mi casa, donde está esperándome mi papá, y ya ve usted... ¡hace tanto tiempo que no le veo! ¿Me permite usted que pase? La serpiente no sólo no contestó, sino que de pronto quedó inmóvil casi rígida. Sus ojos se cerraron, y la cola cesó de echar humo. -¡Uy! ¡Parece que se ha muerto! ¡Ole! ¡Ole!- pensó Pinocho contentísimo, y, restregándose las manos de alegría, fue a pasar por encima de la serpiente. Pero aún no había terminado de levantar la pierna, cuando la serpiente se erigió de pronto como un muelle que salta. Pinocho, aterrado, dio hacia atrás un salto tan rápido y vio lento, que tropezó y dio una voltereta como en el circo, cayendo al suelo de cabeza. Como Pinocho la tenía muy dura, y el camino tenía una cuarta de fango, se quedó clavado en el suelo con los pies en el aire. Pinocho se incorporó con gran trabajo, y volvió a emprender la carrera para llegar a la casa del Hada antes de que cayera la noche. ¡Nunca lo hubiera hecho! Apenas penetró en el viñedo, crac..., sintió que dos cortantes aros de hierro le aprisionaban las piernas, haciéndole ver todas las estrellas del cielo. El pobre muñeco había caído en un cepo colocado allí por el dueño del campo con objeto de cazar alguna garduña o cualquiera otra alimaña de las muchas que había, y que eran el azote de todos los gallineros del contorno.
Capítulo XXI
Cae Pinocho en poder de un labrador que le obliga a servir de perro para custodiar un gallinero.
¡Pobre muñeco! Empezó a llorar, a gritar y a lamentarse; pero llantos y gritos eran inútiles, porque en todo el contorno no se veía casa alguna, y por el camino no pasaba alma viviente. Se hizo de noche. En parte por el daño grandísimo que le hacían aquellos hierros, apretándole las piernas como unas tenazas, y en parte por el miedo fenomenal de estar solo y de noche en aquel campo, el pobre Pinocho estaba a punto de caer desvanecido. En esto vio pasar cerca de su cabeza una luciérnaga de luz, y le llamó diciéndole: -¡Gusanito! ¡Precioso gusanito! ¿Quieres hacer la caridad de librarme de este suplico? -¡Pobre muchacho!- exclamó la luciérnaga, acercándose compasiva para mirarle-. ¿Por qué tienes las piernas entre esos hierros tan cortantes? -Porque he entrado en este campo para coger un par de racimos de uva moscatel... -Pero, ¿esas uvas son tuyas? -¿Y quién te ha enseñado a tomar lo que no es tuyo? -¡Tenía mucha hambre! -¡Hijo mío, el tener hambre no es buena razón para apropiarse de lo ajeno! -¡Es verdad, es verdad!- exclamó Pinocho llorando-. ¡Pero ya no lo haré más! En este momento fue interrumpido el diálogo por el ligerísimo rumor de pasos que se acercaba. Era el dueño del campo, que, andando de puntillas, venía a ver si había caído en el cepo alguno de aquellas garduñas que le arrebataban los pollos durante la noche. Grande fue su asombro cuando, al sacar una linterna que llevaba debajo del capote, vio que en vez de una garduña había caído un muchacho. -¡Ah, ladronzuelo!- dijo el labrador encolerizado-. ¿Conque eres tú quien me roba las gallinas? -¡Yo, no; yo, no!- gritó Pinocho sollozando-. ¡Yo he entrado en el campo sólo para tomar dos racimos de uvas! -El que roba uvas es capaz de robar también gallinas. ¡No tengas cuidado! ¡Voy a darte una lección que no olvidarás en toda tu vida! Al llegar frente a la puerta le dejó caer en una era que había casi a la entrada y dándole dos azotes, dijo: -Ahora ya es muy tarde, y quiero acostarme: mañana te ajustaré las cuentas. Mientras tanto, como hoy se ha muerto el perro que me hacía la guardia de noche, voy a ponerte en su puesto. Me servirás de perro guardián. -Si llueve esta noche- dijo el labrador-, puedes meterte en esa caseta de madera: ahí está la paja que ha servido de cama a mi perro durante cuatro años. ¡Ah! Procura estar bien alerta, y si vienen los ladrones, ladra muy fuerte. El pobre muñeco decía llorando: -¡Me está muy bien, pero muy requetebién empleado! ¡He querido hacer vida de perdido, vagabundo; he seguido los consejos de las malas compañías; he sido un niño malo y desobediente, y por eso Dios me castiga! ¡Si hubiera sido un niño bueno y obediente, como lo son otros muchachos; si me hubiera dedicado al estudio y al trabajo; si hubiera permanecido en casa al lado de mi buen papá, no me vería ahora como me veo en medio del campo, teniendo que servir de perro de guarda a un labrador! ¡Oh, si se pudiera nacer otra vez! ¡Pero ya es tarde, y no hay más remedio que tener paciencia! Después de este pequeño desahogo, que realmente le salía del corazón, se metió en la perrera, y muy poco después se quedó dormido.
Capítulo XXII
Pinocho descubre a los ladrones, y en recompensa de su fidelidad queda libre.
Hacía ya cerca de dos horas que dormía profundamente, y debía de ser poco más o menos la media noche, cuando le despertó un rumor de voces extrañas que parecían venir de la era. Asomó la punta de la nariz a la puerta de la perrera, y vio reunidos en conciliábulo cuatro bichejos de pelaje oscuro, que semejaban gatos. Pero no eran tales gatos; eran garduñas, animales carnívoros muy aficionados a las uvas y a los pollos tiernos. Una de las garduñas se separó de sus compañeras, y acercándose a la entrada de la perrera, dijo: -¡Buenas noches, Moro! -¡Yo no me llamo Moro!- contestó el muñeco. -¿Quién eres entonces? -Soy Pinocho. -¿Y qué haces aquí? -Estoy haciendo de perro de guarda. -¿Dónde está Moro? ¿Qué ha sido del perro que estaba en esta caseta? -Se ha muerto esta mañana. -Dispénsame: yo no soy perro. -¿Pues, qué eres? -Un muñeco. -¿Y estás de perro de guarda? -Desgraciadamente: es un castigo. -Pues bien; voy, a proponerte el mismo pacto que tenía con el difunto Moro, y te aseguro que quedarás contento. -¿Cuál es ese pacto? -Vendremos aquí una vez por semana, como antes hacíamos. Entraremos en el gallinero y nos llevaremos ocho gallinas. De esas ocho gallinas, siete serán para nosotras, la otra te la daremos a ti, con la condición de que te hagas el dormido y no se te ocurra ladrar y despertar al amo. -¿Y Moro lo hacía así? -¡Ya lo creo! Y siempre hemos estado en la mejor armonía. Conque, así, pues, duerme tranquilamente, y ten la seguridad de que antes de marcharnos de aquí dejaremos en la perrera una gallina bien pelada para que te la almuerces mañana. ¿Quedamos de acuerdo? -¡Pero, hombre! ¡Pues ya lo creo! ¡Por completo!- respondió Pinocho-. Y quedó moviendo la cabeza con un aire un si es no es amenazador, como queriendo decir: "Dentro de poco os arreglarán las cuentas". Cuando las cuatro garduñas creyeron que estaba todo arreglado, desfilaron hacia el gallinero, que estaba junto a la perrera, y después de abrir a puerta a fuerza de uñas y dientes la puerta de madera que cerraba la entrada: penetraron silenciosamente una tras otra. Pero apenas habían acabado de entrar, cuando sintieron que se cerraba la puerta con gran violencia. Había sido Pinocho, que no contento con cerrar la puerta, para mayor seguridad puso por delante una gran piedra para sujetarla a modo de puntal. Después comenzó a ladrar ¡guau!, ¡guau!, ¡guau!, con toda la fuerza que pudo, y con tanta propiedad, que parecía un perro auténtico. Al oír los ladridos saltó el labrador de la cama, tomó una escopeta, y se asomó a la ventana preguntando: -¿Qué ocurre? -¡Que están aquí los ladrones!- respondió Pinocho. -¿Dónde? -¡En el gallinero! -¡Bajo a escape! Y, efectivamente, en un momento bajó el labrador, entró en el gallinero, y después de atrapar y meter en un saco las cuatro garduñas, les dijo con acento de satisfacción: -¡Por fin habéis caído en mis manos! Podría castigaros si quisiera; pero no soy vengativo. Me conformaré con llevaros mañana a casa del vecino posadero, para que os desuelle y os ponga estofadas como si fuerais liebres. Es un honor que no merecéis; pero los hombres generosos como yo no guardamos rencor por estas menudencias. Después se acercó a Pinocho, le hizo muchas caricias, y le preguntó: -¿Cómo te has arreglado para descubrir el complot de estas cuatro ladronas? ¡Y pensar que Moro, mi fiel Moro, no pudo conseguirlo! El muñeco podía haber dicho todo lo que sabía: haber contado el vergonzoso convenio que tenía el perro con las garduñas; pero, acordándose de que el perro había muerto, se dijo en se interior: ¿Para qué acusar a un difunto? Ya no se consigue nada, y es más caritativo no descubrir su infidelidad. -¿Estabas despierto cuando llegaron las garduñas, o dormías?- continuó preguntando el labriego. -Dormía- respondió Pinocho-; pero las garduñas me despertaron con su conversación, y una de ellas vino hasta la caseta y me dijo: "Si prometes no ladrar ni despertar al dueño, te regalaremos una buena gallina bien desplumada". ¡Abrase visto! ¡Tener la desfachatez de hacerme a mí semejante proposición! Porque yo podré ser un muñeco con todos los defectos del mundo, pero no soy capaz de cometer un delito ni de hacerme igual a esa gentuza tan mala. -¡Eres un buen muchacho!- dijo el labriego, dándole un golpecito en el hombro-. Esos sentimientos te honran; y para. Probarte lo satisfecho que estoy de ti, desde este momento quedas en libertad de volver a tu casa. Y en seguida le quitó el collar del perro.
Capítulo XXIII
Pinocho llora la muerte de la hermosa niña de los cabellos azules; después encuentra una paloma que los lleva a la orilla del mar, y ahí se arroja al agua para ir a salvar a su papá.
Apenas se vio Pinocho libre de aquel collar ignominioso y molesto, escapó a todo correr por el campo, y no paró un momento hasta llegar al camino real que había de conducirle hasta la casita del Hada. Apenas llegó al camino, divisó a lo lejos el bosque donde, por su desgracia, había encontrado a la zorra y al gato, y vio también entre los demás árboles la elevada copa de aquella Encina grande, de la cual había sido colgado por el cuello; pero, por más que miraba a uno y otro lado, no pudo descubrir la casita de la hermosa niña de los cabellos azules. Sintió entonces una especie de triste presentimiento, y apretando a correr con todas las fuerzas que sus piernas le permitían, en pocos minutos llegó a la pradera donde antes se levantaba la casita blanca. Pero la casita blanca ya no estaba allí. En su lugar había una lápida de mármol con una cruz, y en la cual estaban escritas las siguientes palabras: AQUÍ YACE Podéis pensar cómo se quedaría el muñeco, después de haber deletreado con mucho trabajo esta inscripción. Cayó al suelo de bruces, y cubriendo de besos el mármol funerario, se echó a llorar desconsolado. Así permaneció toda la noche, y a la mañana siguiente seguía llorando, aunque ya sus ojos no tenían lágrimas que derramar. Sus lamentos y gritos eran tan fuertes y estridentes, que el eco los repetía en las colinas cercanas. Y llorando decía: -¡Oh, Hada preciosa! ¡Hermanita mía! ¿Por qué has muerto? ¿Por qué no me he muerto yo en tu lugar?; ¡yo, que soy tan malo, mientras que tú eras tan buena! Y mi papa, ¿dónde estará? ¡Oh, Hada preciosa! ¡Dime dónde podré encontrarle, porque ahora quiero estar a su lado y no dejarle nunca, nunca, nunca! ¡Dime que no es verdad que te has muerto! ¡Si es cierto que me quieres, si quieres mucho a tu hermanito, vuelve a mi lado como antes! ¿No te da pena verme solo, abandonado de todos? ¡Si ahora vienen los ladrones me colgarán de nuevo en la Encina grande, y esta vez moriré para siempre! ¿Qué va a ser de mí, solo en el mundo? ¿Quién me dará de comer ahora, que te he perdido a ti y a mi pobre papá? ¿Quién me dará una chaqueta nueva? ¡Oh, cuánto mejor sería que yo también me muriese! ¡Si! ¡Yo quiero morir! ¡Hi... hi... hi...! Mientras se lamentaba de este modo, trataba algunas veces de arrancarse los cabellos; pero como eran de madera, ni siquiera tenía el consuelo de despeinarse en desahogo de su desesperación. En aquel instante pasó volando una paloma muy grande, que deteniéndose en el aire con las alas extendidas, gritó desde una gran altura: -Dime, muchacho: ¿qué haces ahí, en el suelo? -Ya lo ves: ¡estoy llorando!- dijo Pinocho alzando la cabeza hacia aquella voz y secándose los ojos con la manga de la chaqueta. -Y dime ahora- continuó preguntando la paloma-: ¿no conoces por casualidad entre tus compañeros a un muñeco que se llama Pinocho? -¿Pinocho? ¿Has dicho Pinocho?- repitió el muñeco, poniéndose instantáneamente de pie-. ¡Yo soy Pinocho! Al oír la paloma esta respuesta se dejó caer velozmente y vino a posarse en tierra. Era más grande que un pavo. -Entonces, conocerás también a Geppetto. -¡Qué si le conozco! ¡Pues si es mi papá! ¿Te ha hablado de mí? ¿Vas a llevarme adonde esté? ¿Vive todavía? ¡Contéstame, por caridad! ¿Vive? -Hace tres días que le dejé en la playa, orilla del mar. -¿Qué hacía? -Estaba construyendo una barquilla para atravesar el Océano. Hace más de cuatro meses que el pobre viejo anda errante por el mundo en busca tuyo; y como no ha podido encontrarte todavía, se le ha metido entre ceja y ceja ir a buscarte a los lejanos países del Nuevo Mundo. -¿Cuánto hay desde aquí hasta esa playa? -Más de mil kilómetros. -¡Mil kilómetros! ¡Oh, linda paloma! ¡Qué felicidad tan grande si yo tuviera unas alas: como las tuyas! -Si quieres venir, yo te llevaré. -¿Cómo? -A caballo sobre mí. ¿Pesas mucho? -¿Pesar mucho? ¡Quita allá! ¡Soy ligero como una pluma! Y sin decir más, saltó Pinocho sobre la paloma, y poniendo una pierna a cada lado, como los jinetes en los caballos, gritó lleno de alegría: Levantó el vuelo la paloma, y a los pocos minutos, había subido tanto, que casi tocaban las nubes. Al llegar a tan extraordinaria altura, el muñeco tuvo la curiosidad de mirar hacia abajo y asomó la cabeza; pero sintió tal miedo y tal vértigo, que para no caer tuvo que agarrarse con ambos brazos al cuello de su caballito de plumas. Volaron durante todo el día, y al caer la noche dijo la paloma: -¡Tengo mucha sed! -¡Y yo mucha hambre!-agregó Pinocho. -Vamos a detenernos unos minutos en ese palomar, y después nos pondremos de nuevo en viaje, para estar al amanecer en la playa del mar. Entraron en un palomar que estaba desierto, y en el cual encontraron, por fortuna, una cazuela con agua y un cestito lleno de algarrobas. En toda su vida había podido Pinocho comer algarrobas. Según decía él, le causaban náuseas, le revolvían el estómago. Pero aquella noche comió hasta que no pudo más, y cuando casi había dado fin de ellas, se volvió hacia la paloma, diciendo: -¡No lo hubiera creído nunca que las algarrobas fuesen tan ricas! -Hay que convencerse, muchacho- replicó la paloma-, de que cuando el hambre dice "¡aquí estoy!", y no hay otra cosa que comer, hasta las algarrobas resultan exquisitas. La verdadera hambre no tiene caprichos ni preferencias. Después de terminada esta ligera colación se pusieron de nuevo en viaje, y ¡a volar! A la mañana siguiente llegaron a la playa. La paloma dejó en tierra a Pinocho, y llevando su desinterés hasta no esperar ni a que Pinocho le diera las gracias, echó a volar rápidamente y desapareció. La playa estaba llena de gente, que gritaba y gesticulaba mirando hacia el mar. -¿Qué es lo que sucede?- preguntó Pinocho a una viejecita. -Sucede que un pobre padre que ha perdido a su hijo se ha metido en una barquilla para ir al otro lado del mar en busca suya; pero hoy está tan malo el mar, que la barquilla acabará por irse a pique. -¿Dónde está la barquilla? Mírala allí lejos, frente a mi dedo-dijo la vieja, señalando una barquita en el mar, que vista desde aquella distancia parecía una cáscara de nuez que llevaba. Dentro un hombre muy pequeñito. Siguió Pinocho con los ojos la dirección indicada, y después de mirar atentamente lanzó un agudísimo grito, diciendo: -¡Ese es mi papá! ¡Es mi papá! Mientras tanto la barquilla era presa del furioso temporal, y tan pronto desaparecía tras una enorme ola como volvía a flotar. Pinocho, de pie en la cima de una roca más elevada que las demás, no cesaba de llamar a su papá y de hacerle señas con los brazos, con el pañuelo y hasta con el gorro. De pronto vino una terrible ola que hizo desaparecer la barca. Esperaron que volviese a flote, pero no se la vio más. -¡Pobre hombre!- dijeron entonces los pescadores que se hallaban reunidos en la playa: y se marchaban tristemente hacia sus casas, cuando oyeron un grito desesperado y al volver la cabeza vieron un muchacho que se arrojaba al mar desde lo alto de una roca, gritando: -¡Quiero salvar a mi papá! Como Pinocho era de madera, flotaba fácilmente y nadaba como un pez. -¡Pobre muchacho!- dijeron entonces los pescadores que se hallaban en la playa; y volvieron a sus casas tristemente.
Capítulo XXIV
Arriba Pinocho a la «Isla de las Abejas industriosas» y encuentra al Hada.
Animado Pinocho por la esperanza de llegar a tiempo para salvar a su pobre papa, estuvo nadando sin cesar todo el día hasta que se le hizo de noche. ¡Y qué noche tan terrible fue! Diluvió, granizó, tronó, y eran tales los relámpagos, que parecía de día. Al amanecer vio a larga distancia una mancha de tierra. Era una isla en medio del mar. Entonces encaminó todos sus esfuerzos para arribar a aquella playa, pero inútilmente; las olas se precipitaban una tras otra y le arrastraban como si fuera una paja. Al fin, por fortuna suya, vino una ola enorme, que le lanzó con gran fuerza, haciéndole caer sobre la arena de la playa. Fue el golpe tan fuerte, que al caer en tierra le crujieron todas las costillas y coyunturas; pero se consoló en el acto diciendo: -¡También esta vez me he escapado de buena! Entretanto, poco a poco fue serenándose el cielo apareció el sol en todo su esplendor, y el mar quedó tranquilo como una balsa de aceite. Entonces el muñeco extendió al sol su traje para que se secara, y empezó a mirar si se veía por toda la inmensa sabana de agua alguna barquilla. Pero no pudo ver otra cosa que cielo, mar y alguna que otra vela de barco; pero lejos... -Sepamos, cuando menos, como se llama esta isla- se dijo después-. Sepamos si está habitada por buena gente; es decir, por gente que no tenga el vicio de colgar de los árboles a los niños. Pero ¿a quién voy a preguntárselo, si no hay nadie? La idea de encontrarse solo, completamente solo en aquel país deshabitado, le produjo tal melancolía, que sintió ganas de llorar; pero en aquel momento vio pasar cerca de la orilla un pez muy grande, que nadaba tranquilamente, llevando fuera del agua casi toda la cabeza. No sabiendo cómo llamarle por su nombre, el muñeco gritó con toda la fuerza de sus pulmones, para hacerse oír mejor: -¡Eh, señor pez! ¿Quiere usted escucharme un minuto? -¡Y aunque sean dos!-contestó el pez, que era un delfín muy cortés y educado, como hay pocos en esos mares del mundo. -¿Haría usted el favor de decirme si en esta isla hay algún país donde se pueda comer sin peligro de ser comido? -Puedes estar tranquilo- respondió el delfín-. Cerca de aquí encontrarás uno. -¿Y que camino debo tomar para llegar hasta ese país? -Tienes que tomar ese sendero que hay a mano izquierda y seguir siempre adelante, en dirección de tu nariz. No tiene pérdida. -Dígame usted otra cosa. Usted que se pasea día y noche por el mar, ¿no ha encontrado por casualidad una barquita muy pequeña, en la cual iba mi papá? -Es el mejor papá del mundo, así como yo soy el hijo más malo que se puede dar. -Con la borrasca de esta noche- respondió el delfín-, seguramente habrá naufragado la barca. -¿Y mi papá? -A estas horas se lo habrá tragado el terrible dragón marino que desde hace unos días ha traído el exterminio y la desolación a estas aguas. -¿Es muy grande ese dragón?- preguntó Pinocho, que ya empezaba a temblar de miedo. -¿Que si es grande?- replicó el delfín-. Para que puedas formarte una idea, te diré que es más grande que una casa de cinco pisos, y con una bocaza tan ancha y tan profunda, que por ella podría fácilmente entrar un tren, con máquina y todo. -¡Qué horror!- gritó asustadísimo el muñeco; y entrándole de pronto gran prisa por marcharse, se quitó el sombrero y haciendo una cumplida reverencia dijo al delfín: -¡Hasta la vista, señor pez; mil perdones por la molestia, y muchísimas gracias por su amabilidad y cortesía! Dicho esto tomó por el sendero que el delfín le había indicado y empezó a caminar con paso ligero; tan ligero, que más que andar corría como un galgo. Apenas sentía el más ligero rumor, volvía la cabeza para mirar hacia atrás, con temor de que le siguiera aquel terrible dragón, grande como una casa de cinco pisos y con una bocaza capaz de tragarse un tren entero, con máquina y todo. Después de haber andado más de media hora llegó a un país que se llamaba el País de las Abejas industriosas. El camino hormigueaba de personas que corrían de un lado a otro, afanosamente, para cumplir sus obligaciones: todos trabajaban, todos tenían siempre algo que hacer. Ni con candil se podía encontrar un ocioso ni un vago. -¡Malo!- se dijo el desvergonzado de Pinocho-. ¡Este país no se ha hecho para mí! ¡Yo no he nacido para trabajar! Entretanto el hambre empezaba a atormentarle, porque había pasado más de veinticuatro horas sin probar bocado; ni siquiera unas pocas algarrobas. ¿Qué hacer? Para poder desayunarme no había más que dos medios; pedir trabajo o pedir limosna; una perra chica o un poco de pan. Pedir limosna le daba vergüenza, porque su padre le había dicho siempre que sólo tienen derecho a pedir limosna los viejos y los inútiles o enfermos. Los verdaderos pobres que merecen compasión y socorro, sólo son los que por motivo de edad o de salud se encuentran imposibilitados para ganar el pan con el sudor de su rostro. Todos los demás están obligados a trabajar de una o de otra manera, y si no trabajan y tienen hambre, es por culpa suya. En aquel momento pasaba por el camino un hombre fatigado y sudoroso, que arrastraba él solo dos carretas cargadas de carbón. Le pareció a Pinocho que aquel hombre tenía cara de ser muy bueno, y acercándose a él, le dijo: -¿Quiere usted darme por caridad una perra chica? Porque me estoy muriendo de hambre. -No sólo una perra chica- respondió el carbonero-; te daré cuatro, si me ayudas a llevar hasta mi casa estas dos carretas de carbón. -¡De ningún modo!- respondió el muñeco, ofendido-. ¡Yo no sirvo para hacer de burro; yo no he tirado nunca de una carreta! -Mejor para ti- respondió el carbonero-. Pues, entonces, hijo mío, si tienes hambre, cómete una buena ración de tu orgullo, y ten cuidado de no coger una indigestión. Pocos minutos después pasó por el camino un albañil que llevaba al hombro un cesto de cal. -Buen hombre, tendría usted la caridad de dar una perra chica a un pobre muchacho que se muere de hambre. - Con mucho gusto- respondió el albañil-. Vente conmigo, ayúdame a llevar la cal, y en vez de una perra chica te daré cinco. -Pero la cal pesa mucho, y yo no quiero fatigarme- replicó Pinocho. -Pues si no quieres fatigarte, cómete los codos, y que te haga buen provecho, hijo mío. En menos de media hora pasaron otras veinte personas, y a todas les pidió limosna Pinocho; pero respondieron: -¿No te da vergüenza? ¡En vez de hacer el vago por el camino, valía más que buscaras algún trabajo para ganarte el pan! Por último, pasó una mujercita que llevaba dos cántaros de agua. -¿Haría usted el favor de dejarme beber un sorbo de agua en el cántaro?- le dijo Pinocho, que estaba abrasado por la sed. -Bebe lo que quieras, hijo mío- dijo la mujercita poniendo los cántaros en tierra. Cuando Pinocho hubo bebido como una esponja, balbuceó, pasándose el dorso de la mano por los labios: -¡Ya me he quitado la sed! ¿Quién pudiera hacer lo mismo con el hambre? Al oír estas palabras, la buena mujercita le dijo en el acto: -Si me ayudas a llevar a mi casa uno de estos cántaros, te daré un buen pedazo de pan. Pinocho miró el cántaro, pero no respondió. Y además del pan te daré un buen plato de coliflor con aceite y vinagre- añadió la buena mujer. Pinocho echó otra mirada al cántaro, pero tampoco contestó. -Y después de la coliflor te daré un pastel relleno de crema. Al oír tan seductora proposición ya no pudo resistir Pinocho su glotonería, y dijo con ánimo resuelto: -¡Paciencia! ¡Llevaré el cántaro hasta la casa! Como el cántaro era muy pesado para llevarlo al brazo, se resignó Pinocho a ponérselo en la cabeza. Cuando llegaron a la casa, la buena mujer hizo sentar a Pinocho ante una mesita cubierta con un mantel muy limpio, y colocó en ella el pan, la coliflor ya condimentada y el pastel de crema. Pinocho no comió, sino que devoró; su estómago parecía un cuarto vacío y deshabitado desde hacía cinco meses. Cuando ya había calmado la rabiosa hambre que le mordía el estómago, levantó la cabeza para dar las gracias a su bienhechora, pero apenas la hubo mirado, se quedó estupefacto, con los ojos extraordinariamente abiertos, el tenedor en el aire y la boca llena de pan y coliflor. -¿Qué te sucede?- dijo sonriendo la buena mujer. -¡Es que...- contestó Pinocho balbuceando-; es que... me parece que estoy soñando! ¡Usted me recuerda...! ¡Sí, sí; la misma voz...los mismos ojos... los mismo cabellos! ¡Sí, sí...; también usted tiene el pelo azul turquí como ella! ¡Oh, Hada preciosa! ¡Oh, hermana mía! ¡Dime que eres tú, tú misma! ¡No me hagas llorar más! ¡Si supieras cuanto he llorado y cuánto he sufrido! Y al decir esto lloraba Pinocho desconsoladamente, y puesto de rodillas abrazaba a la misteriosa mujercita.
Capítulo XXV
Pinocho promete al Hada ser bueno y estudiar.
Al principio la mujercita negaba que fuese el Hada de los cabellos azules; pero después, viéndose descubierta y no queriendo continuar más tiempo la comedia, terminó por darse a conocer, y dijo a Pinocho: -¡Bribón de muñeco! ¿Cómo has podido acertar que era yo? -¡Es por lo mucho que te quiero! -¿Te acordabas de mí? Me dejaste siendo niña, y ahora me encuentras hecha una mujer; tanto, que pudiera servirte de mamá. -Y yo me alegro mucho, porque en vez de hermanita te llamaré mamá. ¡Hace tanto tiempo que deseaba tener una mamá como los demás niños! -La tendrás si sabes merecerlo. -¿De veras? ¿Qué puedo hacer para merecerlo? Una cosa facilísima: acostumbrarte a ser un niño bueno. -¿Es que no lo soy? -No, no lo eres. Los niños buenos son obedientes; pero tú... -Yo no obedezco nunca. -Los muchachos buenos tienen amor al estudio y al trabajo; pero tú... -Yo, en cambio, estoy todo el año hecho un holgazán y un vagabundo. -Los niños buenos dicen siempre la verdad. -Y yo digo mentiras. -Los niños buenos van con gusto a la escuela. -Y a mí la escuela me da dolor de cabeza. Pero de hoy en adelante quiero cambiar de vida. -¿Me lo prometes de verdad? -¡Lo prometo! Quiero ser muy bueno y quiero ser el consuelo de mi papá ¿Donde estará a estas horas mi pobre papá? Quién lo sabe... -¿Tendré aún la suerte de volver a verle y de abrazarle? -Creo que sí, pero no estoy segura. Tal contento causó a Pinocho esta respuesta, que tomó las manos del Hada y comenzó a besarla entusiasmado. Después levantó la cabeza, y mirándola cariñosamente preguntó: -Dime, mamita: ¿verdad que no te habías muerto? -Por lo visto...- respondió el Hada sonriendo. -¡Si supieras qué dolor tan grande sentí al leer: "Aquí yace..."! -Ya lo sé, y por eso te he perdonado. La sinceridad de tu dolor me hizo conocer que tenías buen corazón, y cuando un niño tiene buen corazón se puede esperar algo de él, aunque sea un poco travieso y revoltoso; es decir, se puede esperar que vuelva al buen camino. Por eso he venido a buscarte hasta aquí. Yo seré tu mamá... -¡Oh, qué bien!- gritó Pinocho saltando de alegría. -Tú me obedecerás, y harás siempre lo que te diga. -¡Todo, todo, todo y muy contento! -Desde mañana irás a la escuela- continuó el Hada. Pinocho se puso un poco menos alegre. -Después escogerás el oficio que te parezca. Pinocho se puso serio. -¿Qué murmuras entre dientes?- preguntó el Hada con acento de disgusto. -Decía...- balbuceó el muñeco a media voz-que ahora ya me parece algo tarde para ir a la escuela. No, señor. Para instruirse y aprender, nunca es tarde. -Pero yo no quiero aprender ningún oficio. -¿Por qué? -Porque el trabajo me cansa mucho. -Hijo mío- dijo el Hada-, los que piensan de ese modo acaban siempre en la cárcel o en el hospital. Todo hombre, nazca pobre o nazca rico, está obligado en este mundo a hacer algo, a tener una ocupación, a trabajar. ¡Ay del que se deje dominar por la pereza! La pereza es una enfermedad muy grave y muy fea, y hay que curarla siendo niño, porque cuando se llega a ser mayor ya no tiene cura. Estas palabras causaron gran impresión en Pinocho, que levantando vivamente la cabeza, dijo al Hada: -Yo estudiaré, trabajaré y haré todo lo que me digas, porque te quiero mucho, y porque tú tienes que ser siempre mi mamá.
Capítulo XXVI
Pinocho va con sus compañeros de escuela a la orilla del mar para ver al terrible dragón.
Al día siguiente fue Pinocho a la escuela. ¡Figuraos lo que ocurriría entre aquella caterva de muchachos traviesos al ver que entraba en la escuela un muñeco! Aquello fue una de risotadas que no tenía fin. Uno le hacía una mueca, otro le tiraba por detrás de la chaqueta, otro le hacía caer el gorro de la mano, alguno intentó pintarle con tinta unos bigotes, y no faltó quien quisiera atarle hilos a los pies y a las manos para hacerle bailar. Al principio Pinocho tuvo paciencia; pero cuando ésta se le iba ya acabando, se encaró con los más atrevidos y les dijo con cara de pocos amigos. -¡Mucho cuidado conmigo! ¡Yo no he venido aquí para divertir a nadie! Yo respeto a los demás, y quiero a mi vez ser respetado. -¡Bravo, Tonino; has hablado como un libro!- gritaron aquellos monigotes, aumentando su algazara, y uno de ellos, más impertinente y atrevido que los demás, trato de agarrar al muñeco por la punta de la nariz. Pero no tuvo tiempo, porque Pinocho levantó la pierna y le dio un puntapié en la espinilla. -¡Ay! ¡Qué pie más duro!- gritó el muchacho, rascándose la parte dolorida. -¡Y qué brazo! ¡Aún más duro que los pies!- dijo otro que se había ganado un codazo en el estómago por haber querido dar a Pinocho otra broma desagradable. Aquel puntapié y aquel codazo, dados tan a tiempo, hicieron adquirir a Pinocho la estimación y la simpatía de todos los muchachos de la escuela; todos ellos quisieron ser amigos suyos, y le hicieron mil protestas de afecto. El maestro también se mostró satisfecho, porque le veía atento, estudioso, inteligente, siempre el primero para entrar en la escuela, y el último para ponerse en pie cuando había terminado la hora. El único defecto que tenía era frecuentar demasiado la compañía de los muchachos más traviesos y menos estudiosos. El maestro se lo advertía todos los días, y tampoco el Hada se cansaba de repetirle: -¡Ten mucho cuidado, Pinocho! Tarde o temprano, esos malos compañeros acabarán por hacerte perder la afición al estudio, y acaso también por atraerte alguna desgracia grande. -¡No hay cuidado!- respondió el muñeco, encogiéndose de hombros y tocándose la frente con el dedo índice, como queriendo decir -: "Soy yo más listo de lo que parece". Pues, señor, que un día iba Pinocho a la escuela y se encontró con unos cuantos compañeros que se acercaron a él y le dijeron: -¿Sabes la gran noticia? -Pues que ha venido a este mar un dragón grande como una montaña. -¿De veras? Quizás sea el mismo de cuando se ahogó mi pobre papá. -Nosotros vamos a la playa para verle. ¿Quieres venir? Yo, no; quiero ir a la escuela.
-¿Qué te importa la escuela? Iremos mañana. Por una lección más o menos no hemos de ser menos burros. -¿Y qué dirá el maestro? -¡Déjale que diga! ¡Para eso le pagan: para estar riñendo todo el día! -¿Y mamá? -Las mamás no saben nunca nada- respondieron aquellos pilletes. -¿Sabéis lo que voy a hacer?- dijo Pinocho-: Por ciertas razones que vosotros no sabéis, quiero ver el dragón; pero iré después de salir de la escuela. -¡Valiente tonto!- repuso uno de los del grupo-. ¿Se creerá, sin duda, que un pez de ese tamaño va a esperarle para que lo vea a la hora que quiera? En cuanto se aburra de estar en este mar, se marchará a otro, y si te he visto no me acuerdo. -¿Cuánto se tarda en llegar a la playa?- preguntó el muñeco. -En una hora podemos ir y volver. -¡Pues vamos allá, y a ver quien corre más!- gritó Pinocho. Y dicho esto, aquellos monigotes, con los libros bajo el brazo, echaron a correr a través de los campos. Pinocho iba siempre delante de todos: parecía tener alas en los pies. De cuando en cuando volvía la cabeza para mirar hacia atrás, y se, burlaba de sus compañeros, retrasados a una buena distancia. Al verlos jadeantes, fatigados, cubiertos de polvo y con una cuarta de lengua fuera, se reía con toda el alma. ¡El infeliz no podía presumir en aquel momento que aquella carrera le llevaba al encuentro de nuevas calamidades!
Capítulo XXVII
Gran pelea entre Pinocho y sus compañeros. -Uno de estos cae herido, y Pinocho es preso por la guardia.
Apenas llegaron a la playa, comenzó Pinocho a mirar ansiosamente por toda la extensión del mar, pero no vio ningún dragón. El agua estaba tan tranquila y clara, que parecía un inmenso espejo. -¿Dónde está el dragón?- preguntó el muñeco, dirigiéndose a sus compañeros. -Se habrá ido a merendar- dijo uno de ellos riendo. -O se habrá metido en la cama para dormir la siesta- agregó otro, riendo aún más fuerte. Pinocho comprendió que sus compañeros, para burlarse de él, habían inventado la historia del dragón. Y al verse engañado, se enfadó mucho, y les dijo con acento de amenaza: -Y ahora, ¿queréis decirme qué habéis ganado con esta broma tan tonta? -¡Ya lo creo que hemos ganado!- respondieron a coro aquellos pilletes-. Hacerte perder la clase. -¿No te da vergüenza de ser siempre tan puntual y de saberte todos los días las lecciones? ¿No te da vergüenza de tanto romperte la cabeza estudiando? -Y eso, ¿qué os importa a vosotros? -Nos importa mucho, porque por tu culpa hacemos mal papel en la escuela. -¿Por qué? -Porque los muchachos que estudian dejan en mal lugar a los que no quieren estudiar, como nos pasa a nosotros. Y no queremos que nadie se luzca a costa nuestra. ¡Entiendes! ¡También nosotros tenemos nuestro amor propio! -Bueno. ¿Y qué es, entonces, lo que debo hacer para tenerlos contentos? -Hacer que te fastidien, como a nosotros, la escuela, los libros y el maestro, que son nuestros tres mayores enemigos. -¿Y si yo quisiera seguir estudiando? -No te miraríamos más a la cara, y en la primera ocasión que se presentase nos la pagarías. -¡La verdad es que casi me dais risa!- dijo el muñeco rascándose la cabeza. -¡Eh, Pinocho!- gritó entonces el mayor de aquellos muchachos mirándole fijamente a la cara-. ¡No vengas aquí a pintarla de valiente! ¡No quieras hacerte el gallito, porque si tú no tienes miedo de nosotros, tampoco nosotros lo tenemos de ti! ¡Ten presente que tú estas solo, y que nosotros somos siete! -¡Siete como los pecados capitales!- dijo Pinocho soltando una carcajada. -¿Habéis visto? ¡Nos ha insultado a todos! ¡Nos ha llamado pecados capitales! -¡Pinocho, ten cuidado con lo que dices, porque si no...! -¡Uy, qué miedo!- contestó el muñeco, sacándoles la lengua y haciéndoles burla. -¡Pinocho, que vamos a acabar mal! -¡Uy, qué miedo! -¡Que vas a volver a casa con la nariz rota! -¡Uy, qué miedo! -¡Sí! ¡Ahora vas a ver!- grito el más atrevido, dándole un coscorrón en la cabeza-. Toma este capón, para que cenes esta noche. Como es de suponer, la respuesta no se hizo esperar: el muñeco contestó en el acto con otro coscorrón, y desde este momento el combate se hizo general y encarnizado. Aunque Pinocho estaba solo, se defendía como un héroe. Sus duros pies de madera trabajaban de tal manera, que sus enemigos se mantenían a respetuosa distancia. Allí donde uno de sus pies conseguía alcanzar, dejaba un cardenal para recuerdo. Cuando los siete muchachos se convencieron de que cuerpo a cuerpo no podían meter mano al muñeco, echaron mano de los proyectiles, y soltando las correas con que llevaban sujetos los libros, empezaron a apedrearle con ellos. ¡Figuraos la revolución que se armó entre los peces! Creyendo que los libros eran cosa de comer, iban disparados a cogerlos; pero apenas daban un bocado se apresuraban a escupir el papel, haciendo una rueda, como si dijeran: "¡Uf! ¡Qué malo está esto! Mi cocinera guisa mucho mejor". -¡Basta ya, locos, que no se os puede llamar de otro modo! Juego de manos, son juegos de villanos. Estoy viendo que os vais a hacer daño. ¡Esas peleas suelen terminar con una desgracia! ¡Predicar en desierto! El bueno del cangrejo pudo muy bien ahorrarse saliva. En vez de hacerle caso, el diablejo de Pinocho se volvió, y mirándole con ojos de cólera, le dijo ásperamente: -¡Cállate, mamarracho! ¡Vaya una voz ridícula! Más te valdría tomar unas pastillas para curarte la garganta. ¡Anda, anda, vete a la cama y procura sudar el resfriado! Los otros muchachos habían ya dado fin de sus libros; pero en aquel momento vieron el cartapacio de Pinocho y se apresuraron a cogerlo. Entre sus libros había uno encuadernado con cartón grueso y con el lomo y las puntas de pergamino. Era un Tratado de Aritmética. ¡Podéis imaginaros lo pesado que sería! Uno de los muchachos se apoderó del libro, y apuntando a la cabeza de Pinocho, lo lanzó con toda la fuerza que pudo; pero en vez de dar al muñeco, fue a estrellase en la cabeza de otro de los muchachos, que se quedó blanco como la cera y cayó en la arena, diciendo: -¡Madre mía! ¡Yo me... muero! A la vista del presunto cadáver echaron a correr los asustados muchachos, y pocos instantes después habían desaparecido. Pinocho no escapó; a pesar de que el dolor y el espanto le tenían más muerto que vivo, fue a mojar su pañuelo en el agua del mar, y empezó a humedecer las sienes que su desgraciado compañero de escuela. Y en tanto que realizaba esta operación, llorando desesperadamente, llamaba al muerto por su nombre, y decía: -¡Paco! ¡Paquito! ¡Abre los ojos y mírame! ¿Por qué no respondes? ¿No me oyes? No he sido yo, ¡sabes!, el que te ha hecho daño, ¿sabes? ¡Créeme: de verdad que no he sido yo! ¡Abre los ojos, Paquito! ¡Si los tienes así cerrados, harás que yo también me muera! -¡Oh, Dios mío! ¿Cómo podré volver ahora a mi casa? ¿Con qué cara me presentaré a mi mamá? ¿Qué va a ser de mí? ¿Dónde podré esconderme? ¡Cuanto mejor hubiera sido ir a la escuela! ¿Por qué habré hecho caso de esos compañeros, que son mi perdición? Bien me lo había advertido el maestro, y también mi mamá, que me repetía: ¡Guárdate de las malas compañías! Pero yo soy un testarudo y un desobediente, que oigo como quien oye llover todos los consejos, y hago siempre mi voluntad, sin tener presente que después tengo que pagar las consecuencias. ¡Por eso, y sólo por eso, no he tenido aún una hora de tranquilidad desde que estoy en el mundo! ¡Dios mío! ¿Qué va a ser de mí? Y Pinocho continuaba llorando, lamentándose y llamando al pobre Paquito, cuando sintió de pronto ruido de pasos que se acercaban. -¿Qué haces ahí en el suelo?- preguntó uno de los guardias. -Estoy auxiliando a este compañero de escuela. ¿Se ha puesto malo? -Parece que sí. -¡Qué malo ni qué ocho cuartos!- dijo el otro guardia, que se había inclinado y miraba a Paco atentamente-. Lo que tiene este muchacho es que le han herido en la sien ¿Quién ha sido? -¡Yo no he sido!- balbuceó el muñeco, que se quedó, como suele decirse, sin gota de sangre en el cuerpo. -Pues si no has sido tú, entonces, ¿quién le ha herido? -¡Yo, no!- repitió Pinocho. -¿Con qué ha sido herido? -Con este libro- dijo el muñeco, recogiendo del suelo y mostrando a los guardias aquel Tratado de Aritmética, encuadernado en cartón y pergamino. -¿De quién es este libro? -Mío. -¡Basta ya; no necesitamos saber más! Ponte en pie y ven con nosotros. -¡Pero si yo...! -¡Ven con nosotros! -¡Pero si soy inocente! -¡Bueno, bueno; ven con nosotros, y a callar! -Aquí os dejamos este muchacho, que ha sido herido en la cabeza, para que le llevéis a vuestra casa y le cuidéis. Mañana vendremos por aquí para verle. Después se volvieron hacia Pinocho, y, poniéndole en medio, le dijeron con voz áspera: -¡En marcha, y aprieta el paso! ¡Si no, te haremos andar de otra manera! No se lo hizo repetir el muñeco, y empezó a caminar por el sendero que conducía a la población; pero el pobre diablo no sabía en qué mundo se encontraba. Creía soñar. ¡Mas era un sueño tan horrible...! ¡Apenas veía lo que le rodeaba; le temblaban las piernas y tenia la boca seca y la lengua pegada al paladar, que apenas hubiera podido decir una palabra! Y, sin embargo, en medio de aquel atontamiento había una idea fija que le causaba tristeza y dolor: la de que tenía que pasar entre aquellos dos guardias por debajo de la ventana de su buena Hada. ¡Hubiera preferido morir! Estaba ya para entrar en la población, cuando una ráfaga de aire arrebató el gorro de la cabeza de Pinocho y lo llevó a una distancia de diez o doce pasos. -¿Me permiten ustedes- dijo el muñeco a los guardias-, que vaya a recoger mi gorro? -Ve, y despacha pronto. El muñeco fue a recoger su gorro; pero en vez de ponérselo en la cabeza lo sujetó con los dientes, y echó a correr con todas sus fuerzas en dirección de la playa. Aquello no era un muñeco: era una bala disparada. Juzgando los guardias que les sería difícil alcanzarle, le azuzaron un perro de presa que había ganado el premio en todas las carreras de perros. Mucho corría Pinocho, pero el perro corría más. La gente se asomaba a las ventanas y se arremolinaba en el camino, ansiosa de ver el resultado de aquella feroz persecución. Pero no pudieron conseguirlo, porque Pinocho y el perro levantaban tal nube de polvo, que a los pocos momentos ya no se les veía.
Capítulo XXVIII
Pinocho corre peligro de ser frito en una sartén como un pez.
Durante aquella desesperada carrera hubo un momento en que Pinocho se creyó perdido, porque Chato (que así se llamaba el perro de presa) casi le daba alcance; de tal modo, que el muñeco no sólo; sentía la jadeante respiración del animal, sino el mismo calor de su aliento. Por fortuna estaban ya en la playa, y el mar estaba a pocos pasos. Entonces el muñeco dio un soberbio salto, como no lo hubiera dado mejor una rana, y fue a caer en el agua. Chato quiso detenerse; pero, llevado por el ímpetu de la carrera, fue a parar también en el mar. El desgraciado no sabía nadar; así es que empezó a dar manotazos y patadas para mantenerse a flote; pero cuando más manoteaba, más se iba hundiendo. -¡Socorro! ¡Que me ahogo! -¡Revienta de una vez!- respondió a lo lejos Pinocho, libre ya de peligro. -¡Ayúdame, Pinocho mío! ¡Sálvame de la muerte, por caridad! Al oír estos ruegos desgarradores, el muñeco, que tenía un corazón excelente, se conmovió, y volviéndose hacia el perro le dijo: -Pero si te ayudo a salvarte, ¿me prometes no correr más detrás de mí? Aún dudó un momento Pinocho; pero, acordándose de que su papá le había dicho muchas veces que nunca se pierde por hacer una buena acción, fue nadando hasta reunirse con Chato, y agarrándole por la cola, le condujo sano y salvo hasta la arena de la playa. El pobre perro no podía mantenerse en pie: había bebido tanta agua salada, que estaba hinchado como un globo. Por otra parte, Pinocho, que no las tenía todas consigo, creyó prudente arrojarse de nuevo al mar, y se alejó de la orilla gritando: -¡Adiós, Chato; que sigas bueno; muchos recuerdos a tu familia! -¡Adiós, Pinocho!- respondió el perro-. ¡Mil gracias por haberme librado de la muerte! Me has prestado un gran servicio, y todo tiene su pago en este mundo. Si se presenta la ocasión, ya hablaremos de esto. Pinocho continuó nadando, manteniéndose siempre cerca de la orilla. Finalmente, le pareció que se hallaba en sitio seguro; miro hacia la playa, y vio entre las rocas una especie de gruta, de la cual salía un largo penacho de humo. -En esa gruta debe de haber fuego- se dijo- ¡Tanto mejor! Iré a secarme y a calentarme. ¿Y después? ¡Después sucederá lo que Dios quiera! Tornada ya su resolución, se acercó a la orilla; pero cuando iba a trepar por las rocas, sintió que salía algo del fondo, algo que le recogía y le hacía salir por el aire. Trató de escapar; pero ya era tarde, porque, con asombro grande, se encontró preso dentro de una fuerte red de pescar, y entre una multitud de pescados de todas clases y tamaños, que coleaban desesperadamente. Al mismo tiempo vio salir de la gruta un pescador tan feo, tan feo, que parecía un monstruo marino. Su cabeza, en vez de pelo, tenía una espesa mata de hierba verde; los ojos eran verdes, verde la piel y verde la barba, tan larga, que casi llegaba hasta el suelo. Parecía un enorme lagarto que andaba derecho sobre las patas traseras. Cuando el pescador sacó la red fuera del mar, exclamó con gran alegría: -¡Bendita sea la Providencia! ¡También hoy me voy a dar un buen atracón de peces! -¡Menos mal que yo no soy pez!- se dijo Pinocho recobrando un poco de valor. -¡Vamos a ver lo que he pescado!- dijo el pescador verde, metiendo en la red una mano tan grande como una pala de horno y sacando un puñado de salmonetes. -¡Buenos salmonetes!- continuó, mirándolos con gran complacencia, y arrojándolos después en un barreño. Volvió a repetir la operación, y cada vez que sacaba un puñado de peces se le hacía la boca agua y decía: -¡Estupendos lenguados! -¡Magníficos besugos! -¡Hermosas sardinas! -¡Vaya unos calamares! -Pues, ¿y estos boquerones, que habrá que comer con raspa y todo? -¡Oh, qué langostinos tan ricos! Como es de suponer, calamares, langostinos, besugos, sardinas, boquerones y lenguados fueron a parar al barreño, para hacer compañía a los salmonetes. En la red no quedaba ya más que Pinocho. Cuando el pescador le tuvo en la mano, abrió más aún sus verdes ojazos, y gritó con asombro y casi con temor: -¿Qué clase de pescado es éste? ¡Yo no recuerdo haber comido nunca uno semejante! Y volvió a mirarle y remirarle bien por los cuatro costados, diciendo por último: -¡Debe ser un cangrejo de mar! Mortificado Pinocho al oír que le confundían con un cangrejo de mar, dijo con acento resentido: -Pero, ¡qué cangrejo ni qué narices! ¡Pues no faltaba más! Yo no soy un cangrejo: soy un muñeco, para que usted lo sepa. ¡Un muñeco! Confieso que no he visto nunca ningún pez-muñeco. ¡Tanto mejor! ¡Así te comeré con más gusto! -¿Comerme? ¡Pero, hombre, si yo no soy un pez! ¿No está usted viendo que pienso y que hablo como usted? -¡Toma, pues es verdad!- dijo el pescador-. En fin, puesto que eres un pez que tienes la suerte de pensar y de hablar como yo, voy a tener contigo algunos miramientos. -¿Cuáles? -A decir verdad- repuso Pinocho,- si yo he de escoger, prefiero ser puesto en libertad para volver a mi casa. -¡Vamos, tú bromeas! ¿Te parece que voy a perder la ocasión de comer un pescado tan raro como tú? ¡No se pescan todos los días en estos mares peces-muñecos! ¡Déjame a mí! ¡Verás! Voy a freírte en la sartén con todos los demás pescados, y no podrás quejarte. Siempre es un consuelo ser frito en compañía. Al oír esta sentencia tan poco consoladora, el pobre Pinocho empezó a llorar, a gritar y a lamentarse: -¡Cuánto mejor hubiera sido ir a la escuela! ¡He hecho caso de las malas compañías, y ahora voy a pagarlo! ¡Hi... hi... hi...! Y como se revolvía igual que si fuera una anguila, y hacía esfuerzos extraordinarios para librarse de las manos del pescador, éste cogió un fuerte junco y le ató brazos y piernas, como si fuera una langosta, arrojándole después en el barrero con los demás pescados. Después sacó un bote lleno de harina y empezó a enharinarlos. A medida que iba cubriéndolos de harina por todas partes, los echaba en la sartén. Los primeros que tuvieron que bailar en el aceite hirviendo fueron los pobres besugos; después les tocó la vez a los calamares, siguiendo los salmonetes; luego las sardinas, los lenguados y los boquerones. Llegó el turno de Pinocho, que al verse tan cerca de la muerte (¡y qué horrible muerte!), sintió ya tal espanto, que no tuvo fuerzas para gritar ni para quejarse. El pobre no podía pedir compasión más que con los ojos; pero el pescador verde, sin mirarle siquiera, le dio cinco o seis vueltas por la harina, cubriéndole perfectamente de pies a cabeza, de tal manera que parecía un muñeco de yeso. Después le agarró por las piernas, y...
Capítulo XXIX
Vuelve Pinocho a casa del Hada. -Gran merienda de café con leche para solemnizar el éxito de Pinocho en sus exámenes.
Cuando el pescador se disponía a echar a Pinocho en la sartén, entró en la gruta un enorme perro, atraído por el olor del pescado frito. -¡Largo de aquí!- gritó el pescador amenazándole, y teniendo siempre en la mano el muñeco. Pero el pobre animal tenía un hambre terrible, y gruñía y meneaba la cola, como queriendo decir: -¡Dame un poco de pescado frito y te dejaré en paz! -¡Largo de aquí, te digo!- repitió el pescador, alargando la pierna como para darle un puntapié. Entonces el perro, que cuando le apretaba el hambre de verdad no tenía miedo a nada, se volvió furioso contra el pescador, enseñándole los terribles colmillos. Al mismo tiempo se oyó en la gruta una vocecita muy débil, que dijo: -¡Sálvame, Chato, que me van a freír! El perro conoció en el acto la voz de Pinocho, y observó con gran asombro que la voz salía de aquel bulto enharinado que el pescador tenía en la mano. ¿Y qué hizo? Pues, dando un salto, tomó delicadamente entre los dientes al muñeco enharinado, y salió de la gruta corriendo como el viento. Furioso el pescador de que le arrebataran aquel pez que pensaba comer con tanto gusto, trató de alcanzar al perro; pero apenas había dado algunos pasos, le acometió un golpe de tos que le hizo volver atrás. Mientras tanto, Chato había llegado a la senda que conducía a la población, y depositó en tierra a su amigo Pinocho. -¡Cuanto tengo que agradecerte!- dijo el muñeco. -¡Nada absolutamente!- respondió el perro-. Tú me salvaste a mí, y todo tiene su pago en este mundo: hay que ayudarse unos a otros. -Pero, ¿cómo es que me has encontrado en aquella gruta? -Es que seguía tendido en la playa, mas muerto que vivo, cuando el aire me trajo un olorcillo a pescado frito que me abrió el apetito de par en par; así es que: me levanté para ir al sitio de donde venía aquel olor. ¡La verdad es que si llego un minuto más tarde...! -¡No me lo digas!- exclamó Pinocho, que aún temblaba de miedo-. ¡No me lo recuerdes! ¡Si llegas un minuto más tarde, a estas horas estaría yo frito con patatas! ¡Uf! ¡Sólo de pensarlo me estremezco! Chato no pudo menos de reírse, y tendió su mano derecha al muñeco que la estrechó amistosamente, y después se separaron. El perro tomó el camino de su casa, y Pinocho se dirigió hacía una cabaña que estaba cerca de allí, y preguntó a un viejecito que se hallaba en la puerta calentándose al sol: -Dígame, buen hombre: ¿sabe usted algo de un muchacho que fue herido en la cabeza, y que se llama Paquito? -A ese muchacho le trajeron unos pescadores a esta cabaña; pero ya... -¿Pero ya habrá muerto?- interrumpió Pinocho con gran dolor. -No; ahora ya está bueno, y se ha marchado a su casa. -¿De veras? ¿Es verdad eso?- gritó el muñeco saltando de alegría-. ¿De modo que la herida no era grave? -Pero podía haber resultado gravísima, y aun mortal- respondió el viejecito-, porque le tiraron a la cabeza un grueso libro encuadernado en cartón. -¿Y quién se lo tiró? -Un compañero de escuela, llamado Pinocho. -¿Y quién es ese Pinocho?- preguntó el muñeco, haciéndose el ignorante. -Dicen que es un niño muy malo, un holgazán, un pícaro de tomo y lomo. -¡Calumnias! ¡Todo eso son calumnias! -¿Conoces a Pinocho? De vista- contestó el muñeco. -¿Y qué concepto tienes formado de él? -Pues a mí me parece que es un excelente muchacho, que tiene gran amor al estudio, obediente, muy amante de su papá y de toda la familia. Mientras el muñeco decía todas estas mentiras con la mayor frescura, se echó mano a la nariz, y observó que había crecido más de un palmo. Entonces empezó a chillar lleno de miedo: -¡No haga usted caso de todo lo que le he dicho, buen hombre, porque conozco perfectamente a Pinocho, y puedo asegurarle también yo que es un muchacho malo, desobediente y holgazán, y que en vez de ir a la escuela se va con los compañeros a vagar por ahí! Apenas hubo terminado de decir estas palabras, se acortó su nariz, y quedó del tamaño que tenía antes. -¿Y por que estás así pintado de blanco?- preguntó poco después el viejecito. -Le diré a usted: sin darme cuenta, me he restregado contra un muro que estaba recién blanqueado- respondió el muñeco, dándole vergüenza confesar que había sido enharinado como un pescado, para freírle después en olla sartén. -¿Y qué has hecho de la chaqueta, de los calzones y del gorro? -Me he encontrado con unos ladrones que me lo han quitado todo. Dígame, buen hombre: ¿No podría usted darme, por casualidad, algo con que pudiera vestirme para volver a mi casa? -Hijo mío, no tengo ningún traje que poder darte: solo tengo un saco pequeño para guardar chufas. Si lo quieres, mirarlo: aquí está. No se lo hizo decir Pinocho dos veces: tomó en el acto el saco, que estaba vacío, haciéndole, con unas tijeras que pidió una abertura en el fondo y otras dos a los lados, se lo endosó a modo de camisa. Vestido de este modo tan ligero, se dirigió a la población; pero al llegar al camino empezó a titubear, tan pronto avanzando como retrocediendo, y diciéndose para sus adentros: -¿Cómo me presentaré a mi buena Hada? ¿Qué dirá cuando me vea? ¿Querrá perdonarme esta segunda diablura? ¡Me temo que no me la va a perdonar! ¡Oh, de seguro que no! ¡Y me estará bien empleado, porque soy un monigote que siempre estoy prometiendo corregirme, y nunca lo hago! Entró en la población siendo ya noche cerrada; y como estaba lloviendo a cántaros, decidió ir derechito a la casa del Hada y llamar a la puerta hasta que le abrieran. Al llegar frente a la casa sintió que le faltaba el valor, y en vez de llamar se alejó corriendo como unos veinte pasos. Volvió segunda vez, pero también se apartó sin hacer nada. Volvió tercera vez, y lo mismo. Sólo a la cuarta vez se atrevió a levantar, temblando, el llamador de hierro y a dar un golpecito muy suave. Esperó pacientemente, y al cada de media hora se abrió una ventana del último piso (la casa tenía cuatro), y vio Pinocho asomarse un caracol muy grande, con una vela encendida en la cabeza, que preguntó: -¿Quién llama a estas horas? -¿Está el Hada en casa? -El Hada está durmiendo, y no quiere que se la despierte. -¿Quién eres tú? -Soy yo. -¿Quién? -Pinocho. -¿Qué Pinocho? -El muñeco que vive en esta casa con el Hada. -¡Ah, ya sé!- dijo el caracol-. ¡Espérame, que ahora bajo y te abriré en seguida! -¡Anda de prisa, por caridad porque estoy muriéndome de frío! -Hijo mío, yo soy un caracol, y los caracoles no tenemos nunca prisa. Pasó una hora, y pasó otra sin que se abriera la puerta, por lo cual Pinocho, que estaba completamente calado de agua y que temblaba de frío y de miedo, cobró ánimo y llamó segunda vez, pero algo más fuerte que la primera. A esta segunda llamada se abrió una ventana del piso de más abajo, o sea del piso tercero, y se asomó el mismo caracol. -¡Buen caracol!- gritó Pinocho desde la calle-. Hace dos horas que estoy esperando, y dos horas con esta noche tan mala parecen dos años. ¡Date prisa, por caridad! -¡Hijo mío!- le respondió desde la ventana aquel animal tan tranquilo y flemático-, yo soy un caracol, y los caracoles no tenemos nunca prisa. Y volvió a cerrarse la ventana. Sonó poco después la media noche, sonó la una, sonaron las dos, y la puerta siempre cerrada. Entonces perdió Pinocho la paciencia, y agarró con rabia el llamador para dar un golpe que hiciera retemblar toda la casa; pero aquel llamador, que era de hierro, se convirtió en una anguila viva, que escurriéndose entre las manos desapareció en el arroyo de agua que corría por el centro de la calle. -Sí, ¿eh?- gritó Pinocho, cada vez más lleno de cólera- ¡Pues si el llamador ha desaparecido, yo seguiré llamando a fuerza de patadas! Y echándose un poco hacia atrás, pegó una furiosa patada en la puerta de la casa. Tan fuerte fue el golpe, que penetró el pie en la madera cerca de la mitad, y cuando el muñeco quiso sacarlo, fueron inútiles todos sus esfuerzos, porque se había introducido como si fuera un clavo. ¡Figuraos en qué postura quedó el pobre Pinocho! Tuvo que pasarse toda la noche con un pie en tierra y el otro en el aire. Por último, al ser de día se abrió la puerta. Aquel excelente caracol no había tardado en bajar desde el cuarto piso a la calle nada más que nueve horas, y aun así llegó sudando. -¿Qué haces con ese pie metido en la puerta?- preguntó riendo al muñeco. -Ha sido una desgracia que me ha ocurrido. ¿Quieres probar a ver si puedes librarme de este suplicio? -¡Hijo mío, eso es cosa del carpintero, y yo no soy carpintero! -Díselo al Hada, de mi parte. -El Hada está durmiendo y no quiere que se le despierte. -Pero, ¿qué quieres que haga clavado todo el día en esta puerta? -Entretente en contar las hormigas que pasan por el camino. -¡Tráeme, al menos, algo de comer, porque estoy desfallecido! -¡En seguida!- dijo el caracol. Al cabo de tres horas y media volvió, trayendo en la cabeza una bandeja de plata, en la cual había un pan, un pollo asado y cuatro albaricoques maduros. -¡Ahí tienes el desayuno que te envía el Hada!- dijo el caracol. Al ver tan excelente comida se tranquilizó algo Pinocho; pero, ¡cuál no sería su desengaño cuando, al tratar de comer, se encontró con que el pan era de yeso, el pollo de cartón y los albaricoques de cera, aunque todo tan bien hecho, que parecía de verdad! Se echó a llorar, y lleno de desesperación quiso tirar a lo lejos la bandeja de plata y todo lo que contenía; pero no llegó a hacerlo porque, fuese efecto del dolor o de la debilidad de estómago, se desmayó. Cuando recobró el conocimiento se encontró tendido en un sofá y con el Hada a su lado. -También te perdono por esta vez- le dijo el Hada-; pero, ¡pobre de ti si vuelves a hacer otra de las tuyas! Pinocho prometió firmemente estudiar y ser bueno, y cumplió su promesa todo el resto del año. Cuando llegaron los exámenes que se celebraban antes de las vacaciones, tuvo el honor de ganar el primer premio: y tan satisfactorio fue en general su comportamiento, que el Hada le dijo muy contenta: -Para celebrar tu triunfo, vamos a convidar a merendar a tus amigos. Quien no haya presenciado la alegría de Pinocho al oír esta inesperada noticia, no podrá figurársela. Todos sus amigos y compañeros de escuela debían ser invitados para una merienda que había de celebrarse al día siguiente en la casa del Hada, para solemnizar el gran acontecimiento, El Hada había mandado preparar doscientas tazas de café con leche y cuatrocientos panecillos untados de manteca por dentro y por fuera. Aquella fiesta prometía ser muy alegre y divertida; pero... Por desgracia, siempre había en la vida de aquel muñeco un pero que todo lo echaba a perder.
Continúa en Pinocho 3
Carlo Collodi
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